«Las epidemias de miedo se crean con algún interés» (Fuente; «vía»).
Cada poco tiempo los medios de comunicación arman un nuevo circo sobre algún tema "elegido a dedo", con el que bombardear a la supuesta audiencia hasta agotar su paciencia. El tema en cuestión se suele caracterizar por:
- Ser un hecho ante el que estamos prácticamente impotentes.
- Ser una tragedia familiar que nada importa al resto de la población, salvo por aquello del morbo/entretenimiento. Y para que todo el mundo pueda dejar claro su condena a los crímenes y su odio visceral por el ladrón/secuestrador/asesino, si es posible de algún modo violento. Los sujetos ajenos a la tragedia toman posiciones para tratar de ascender socialmente en su comunidad en función de la agresividad con la que se grite o aporree a los coches de la policía que llevan a los sospechosos o culpables; o por sus declaraciones en televisión. En verdad, ¡qué corta es la separación entre unos y otros!: todos liberan su agresividad, pero el motivo de los segundos parece estar aceptado por la sociedad así que nada, a colgarse medallas, y el que no se contenta es porque no quiere. Para alguien que cree en la evidencia (al menos parece lo más lógico con la información con la que cuenta y con el proceso deductivo que es capaz de aplicar) del determinismo científico, y que conoce los resultados de uno de los experimentos más trascendentales de la historia de la humanidad, reflexionar sobre todas estas ideas se torna en una experiencia que sólo sabría calificar como extraña.
- Algún deportista consigue hacerse un hueco en cualquier actividad individual, y de repente surgen masas que se pelean por exponer sus conocimientos técnicos o históricos sobre la misma (Fórmula 1, tenis...). Las héroes de nuestra época no son las ideas, sino los portadores de raquetas y, por extensión, todo lo demás. No podía ser de otra manera. Dios, como odio el fútbol. Y como me mola escribir lo que me da la gana, o casi.