« [...] Aquiles y la Tortuga se encuentran, pues, en un día de otoño. La Tortuga afirma, de manera extravagante, que ella no oye los discos poniéndolos en un gramófono, sino que observa con sus ojos los surcos del disco y así percibe la belleza de las piezas musicales contenidas en cada disco. Lo que quiere explicar la Tortuga con esto es que existe un isomorfismo entre el dibujo de los surcos en un disco y la música contenida en ese disco. La idea siguiente consiste en un libro que sea isomorfo al cerebro de Einstein en el momento de su muerte. [...]»
Fragmento de un artículo extremadamente interesante publicado por Gonzalo Larumbe en su blog El Bucle Infinito. No estoy de acuerdo con algunas afirmaciones:
«Es evidente que Deep Thougth [antecesor del famoso Deep Blue] estaba programado para conseguir ventajas materiales, pero carecía de la visión estratégica que da una comprensión genuina. Al comer la torre con un peón, rompía una barrera de peones que le garantizaba las tablas. (Pero, en realidad, ni siquiera se daba cuenta de lo que estaba haciendo).»
No hay error en el comportamiento ni en la estrategia que nos lleve a afirmar que una máquina no es inteligente, —salvo que lo que sigue implique la definición que asociamos a esta grafía— sólo un algoritmo deficiente, que no está preparado para abordar ciertos escenarios inesperados. El programa hace lo que tiene que hacer, y sólo éso —salvo que, obviamente, una perturbación de alguna dimensión física en el hardware, unido a una incapacidad para detectar errores de ejecución tiren todo por la borda—, mientras no se le implemente la capacidad de un aprendizaje que le permita reorganizar su propio código por completo y al más bajo nivel. Lo mismo que nos sucede a nosotros, que no podemos contemplar como variable nada que no se pueda deducir —aunque para deducir algo también necesitamos entradas previas, lo que acota mucho nuestra presunta superioridad en ingenio respecto a una máquina creada por el hombre— o que haya sido claramente especificada; y por tanto nuestro rango de respuestas es también limitado. Todo lo que consideramos un error puede reducirse a códigos incompletos o a las leyes de la física en acción —tal vez lo mismo en última instancia—, hasta en la más mínima perturbación.
Como sea, el texto apela a una de las cuestiones esenciales del hombre, lo de siempre; si somos un algoritmo enmascarado por una ilusión, la ilusión de la consciencia —parte del código—, o «algo más». Puede plantearse de un modo más elegante, pero la pregunta es en el fondo la misma. Tal vez, estamos hechos de tal modo que no advertimos que realmente lo segundo es una estupidez pues no hay concepto capaz de superar la idea de algoritmo, y el problema lo tenemos al tratar de imaginar la complejidad del que a nosotros nos mueve. La respuesta queda planteada como ejercicio al lector, pues hay quien diría —no lo comparto— que hay tantas verdades como personas.