El resultado de un genoma

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«No existe un “detector de consciencia”, como tal entre los humanos. Es necesario acordar un cierto número de signos objetivos que pueden hacer suponer que la entidad biológica o artificial interrogada, es consciente, en el sentido en el que lo entendemos. Se trata de una variante del test de Turing. En esta perspectiva, se tiene que admitir que entes artificiales pudieran ser conscientes y sufrir. Y entonces no estaría bien atormentarlos. Éste es uno de los temas de mi película The Singularity is Near. Pero todavía no estamos preparados para esto. Será sin embargo una de las preguntas morales o filosóficas que se cuestionarán en los próximos años: ¿podemos hacer sufrir a los hombres bajo el efecto de la anestesia, a animales y robots que se suponen con el poder de albergar, más que un simple ordenador actual, estados conscientes?

[…]

Me han objetado, particularmente John Horgan, que para simular el cerebro humano, se necesitarían de trillones de líneas de código, mientras que los programas más sofisticados no pasan de algunas decenas de millones de líneas. Pero es absurdo. No existe en el cerebro nada que sea tan complicado. El cerebro es el resultado de un genoma. Ahora bien, éste no sobrepasa alrededor de 800 millones de bits de información. Además, está lleno de redundancias. Las secuencias, las más largas, pueden estar repetidas cientos de miles de veces. Si utilizamos la compresión de la información, el genoma puede estar representado por 50 millones de bits, de los cuales la mitad solamente interesa a la génesis del cerebro. Eso puede ser simulado por un millón de líneas de código solamente

Fragmento, El genoma puede representarse por 50 millones de bits (también en Tendencias21), que es una traducción de Ray Kurzweil: The h+ Interview. Dicho sea de paso, he encontrado algún que otro pequeño error en la traducción de mi fuente.
Imagen: Supercomputer lights CM-5, © George.

Una realidad no algorítmica

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«¿Qué ocurre en mi cerebro cuando una acción voluntaria está en proceso de desarrollo? […]

¿por qué la Naturaleza se tomó la molestia de hacer evolucionar cerebros conscientes cuando parece que hubieran bastado cerebros «autómatas» no–sintientes como los cerebelos? […]

Cada organismo vivo se toma a sí mismo como punto de referencia con respecto al mundo circundante, una especie de “yo” —sujeto— primitivo que actúa con base en esa auto-referencia . […]

Penrose, en su discusión con los defensores de la Inteligencia Artificial Fuerte (IAF) —quienes sostienen que un computador sofisticado puede simular enteramente el psiquismo humano y tomar también consciencia—, dice que “los ordenadores no podrían mostrar convincentemente cualidades mentales —y ciertamente nunca las poseerían realmente. Por consiguiente, se seguiría que los ordenadores no pueden tener derechos ni responsabilidades” […]

Debe existir una ventaja selectiva en que el ser humano tenga una actitud filosófica ante la vida, que se expresa en ese tipo de preguntas que para algunos se constituyen en una pérdida de tiempo. […]»

Fragmento, La consciencia, ¿una realidad no algorítmica?.
Aparecen en el texto varias de las ideas de Roger Penrose acerca de la gran pregunta de si la consciencia puede ser simulada mediante un algoritmo, o no. Es decir, si se trata de un sistema determinista, como sí lo son todas las respuestas automáticas del sistema nervioso, más o menos comunes al resto del reino animal.

Roger Penrose es un señor con una formación académica muy notable, mas con mi humilde conocimiento algunas de sus ideas a mí me parecer absurdas. En su página en la Wikipedia se resumen así sus opiniones al respecto:

«Debe haber algo de naturaleza no computable en las leyes físicas que describen la actividad mental.
Penrose sugiere que ninguna máquina de computación podrá ser inteligente como un ser humano, ya que los sistemas formales algorítmicos (o sea, los sistemas de instrucciones secuenciadas sobre los cuales están construidas las computadoras) nunca les otorgarán la capacidad de comprender y encontrar verdades que los seres humanos poseen».

¿Puede la consciencia surgir de la complejidad de las estructuras ya conocidas —de las arquitecturas de computadores ya existentes—? Si las células del sistema nervioso actúan como los transistores de las computadoras, ¿cómo puede surgir la consciencia de ahí, de la mera configuración de unos dispositivos electrónicos? En ese caso, la consciencia podría surgir igualmente de un conjunto de millones de dados tirados al azar con tal de que cada dado esté interconectado de un modo no trivial con los demás, y pueda conocer la configuración de sus dados vecinos. Cada configuración global obtenida para el sistema sería una consciencia distinta.
Suponiendo que no he malinterpretado sus ideas, la contradicción que encuentro con Penrose es que él afirma que la consciencia no es simulable porque es una entelequia diferenciada del resto del cerebro y libre de sus restricciones deterministas, pese a surgir y depender biológicamente del cerebro como el software depende del hardware en una máquina —el software no es mucho más que los diferentes estados del hardware—. Pero hay un punto en común: parece que el proceso de la consciencia debe surgir de algo diferente, de algo más allá de la combinación de estados de miles de millones de diminutas piezas interconectadas. Encuentro que uno no puede pensar sobre ésto y sentir que falta una pieza, una fuerza, al igual que antes del siglo XIX el motor de explosión era una idea, un campo de estudio sencillamente inexistente y hoy es uno de los ejes de nuestra sociedad, tal vez alguien dé con la solución. Pero no será ni aquí, ni ahora. La idea del determinismo aparece nuevamente pero no voy a tratarla porque el artículo se haría muy extenso. Pese a ello, he de reconocer que es un punto muy importante que debería aclarar para saber de qué estamos hablando exactamente cuando decimos aquí que un proceso no es determinista.

Finalmente, sólo puedo llegar a la pobre conclusión de que una de las sentencias siguientes es verdadera:

  1. La consciencia surge de la complejidad de los sitemas ya conocidos, en alguna de las múltiples arquitecturas ya existentes o algún hipotético derivado.
  2. Depende de un mecanismo físico que aún no comprendemos.
  3. La materia, al margen de las estructuras que pueda configurar, no sólo es inteligente sino que además es consciente al nivel más elemental.

Sobre el papel parece igual de probable el que una máquina (o cualquier cosa, como una piedra) sea tan consciente como cualquier persona. Ésta idea nos parece una aberración, una alienación, por convenio, porque extendemos a los demás nuestro propio sentido de consciencia y «unicidad del ser». Cuando miramos a una persona a los ojos, asumimos que ahí dentro hay alguien. Pero lamentablemente no hay forma de demostrarlo, pues parece que un sistema no-consciente puede emular la totalidad de comportamientos de un sistema consciente. Aunque parece claro que, por algún motivo, no debe ser así, por la segunda pregunta que encabeza este artículo (¿por qué la Naturaleza se tomó la molestia de hacer evolucionar cerebros
conscientes cuando parece que hubieran bastado cerebros «autómatas»
no–sintientes como los cerebelos?). Cuando responda a ésa pregunta encontraré la respuesta a este párrafo.

Si detectas algún error lógico en el presente texto no dudes en hacérmelo saber; estaré encantado de corregirlo y/o de reflexionar sobre él.

Imagen: best bird picture, © Ronny Fässler.

Cuando fuimos jóvenes

«Sólo quería dejar claro que el libro está dedicado a Robert. Trata de nuestra relación, de cómo encontramos nuestro destino. Le había jurado en su lecho de muerte que lo escribiría, que contaría la historia de dos chavales jóvenes ayudándose, creando y creciendo juntos en una Nueva York feroz e inolvidable. […]

Cuando logré un trabajo en una librería él se quedaba en casa, no estaba hecho para fichar a diario, le chupaba la energía para crear. No pienses que se pasaba el día tirado en la cama fumando porros. Al regresar yo por las noches me ensañaba todos los dibujos, muchísimos, que había hecho ese día. Vivió una vida muy corta, apenas cuarenta y dos años, y tenía tanto que dar… Habría seguido trabajando, habría investigado. Bueno, tenemos lo que tenemos. […]

Robert necesitaba penetrar en la alta sociedad, fotografiar, pintar con los ricos en mente. Antes los artistas trabajaban para los papas; hoy, para los ricos y los museos. A mí, por el contrario, ningún millonario me haría mejor poeta. Me aburría muchísimo cuando Robert, que ya sonaba con fuerza, me arrastraba a cenas con sus nuevos amigos.

Ni siquiera sabía para qué demonios servían tantos cubiertos. Prefiero mil veces comer con las manos. Recuerdo una vez, en casa de John Richardson (el gran biógrafo de Picasso), un palacio, una especie de museo deslumbrante. Después de la cena, una cena repleta de damas de alta sociedad, modelos, gente así, empezaron a bailar, a contar chismes. Me moría del asco. Le pedí permiso a John para curiosear por su biblioteca, que es magnífica. Sólo me importaba eso, leer… y que aquella gente me dejara en paz. Siempre fue así, desde muy joven. Lo único que me interesaba era el arte, los libros. […]

Dios no me concedió muchas habilidades, pero fue generoso al darme un estupendo sentido de la estética.»

Fragmentos de: uno, dos. Visto aquí.

Aprender a decir adiós

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«Después de Lucerna, el último concierto en vivo dado por el gran director tuvo lugar el 20 de septiembre de ese año. Tras ello, cuando en un ensayo de su propia Segunda Sinfonía fue incapaz de escuchar las líneas de apertura en un solo de fagot del tercer movimiento, Furtwängler lloró, depositó la batuta en el atril y con voz quejumbrosa le dijo a los músicos:

“Sí, gracias caballeros… esto es todo. Adiós”.

Fue la última vez que el maestro enfrentó a una orquesta. Nueve semanas después, luego de una penosa y difícil agonía, Wilhelm Furtwängler falleció totalmente sordo en la Clínica Ebersteinburg, en las afueras de Baden-Baden, el último día de noviembre de 1954.»

Fragmento, La novena de Lucerna.

Imagen: DS Uri leaving Lucerne, © elessar_ch.

La búsqueda

«Toda esa masa de música sublime, siglos y siglos de música, me deja absolutamente maravillado. Debe ser que una vez vivieron muchos grandes espíritus. No acabo de explicármelo, pero es mi gran suerte en la vida, tener esto, sentirlo, alimentarme de ello y celebrarlo. […]

No hago más que sintonizar diferentes estaciones en la radio, en busca de música, música decente. Pero todo lo que suena es malo, plano; sin vida; sin melodía ni fuerza. Y sin embargo, de algunas de esas canciones se venden millones, y sus creadores se consideran verdaderos "Artistas". Es terrible, un horrible caldo sin sustancia que entra en las mentes jóvenes. Les gusta. Dios mío, les das mierda y se la comen. ¿No tienen discernimiento? ¿No tienen oído?

No puedo creer que no haya nada. No hago más que apretar el sintonizador en busca de nuevas emisoras.»

Fragmento, The Captain is Out to Lunch and the Sailors Have Taken Over the Ship.

Esperanza

incredibly close

«Demasiadas veces celebramos la arrogancia y la chulería, y a los bravucones. Demasiadas veces excusamos a los que quieren construir su vida sobre los sueños destrozados de otros seres humanos.

[…]

Nuestra vida en este planeta es demasiado corta, el trabajo por hacer es demasiado grande para dejar que ese espíritu prospere por más tiempo en esta tierra nuestra. Desde luego, no podemos prohibirlo ni con acciones militares, ni con una resolución. Pero quizás podamos recordar, aunque sea por un momento, que aquéllos que viven con nosotros son nuestros hermanos, que comparten con nosotros el mismo corto momento de vida, que sólo buscan, como nosotros, la oportunidad de vivir la vida con bienestar y felicidad, disfrutando lo que la satisfacción y el logro les proporciona. Seguramente este vínculo de sentido común, seguramente este vínculo de objetivos comunes, puede empezar a enseñarnos algo. Podremos aprender, por lo menos, a mirar alrededor a aquellos de nosotros que son nuestros semejantes, y seguramente podremos empezar a trabajar con algo más de entusiasmo y a curarnos mutuamente las heridas, y convertirnos otra vez, en hermanos de corazón.»

Fragmento del famoso discurso de Robert Francis Kennedy, aspirante a la presidencia de los Estados Unidos de América. Fue asesinado en Los Ángeles en junio de 1968, dos meses después de pronunciar estas palabras [en español] [en inglés] [en el cine].
Imagen: incrediblyclose, © Cari Ann Wayman.

Bertrand Russell, un hombre interesante

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«Russell se rebelaba de una manera más intelectual, escondiendo sus pensamientos de todos, preguntándose si algún día sería capaz de expresarse francamente con otro ser humano. A la edad de once años comenzó el estudio de la geometría euclidiana, pareciéndole tan maravilloso todo el asunto como el primer amor. El poder demostrar una proposición le produjo una inmensa satisfacción, que sin embargo se vio frustrada cuando su hermano le dijo que tendría que aceptar ciertos axiomas sin cuestionarlos, o de otra forma no podría seguir.

[…]

Leyó mucha poesía. También escribió en sus cuadernos sobre varias problemáticas filosóficas que habían venido atormentándolo, especialmente el problema del libre albedrío contra el determinismo. Siendo Russell en esta época un joven profundamente religioso, y además, con un excelente entrenamiento en matemáticas y física, era consciente del problema que surgía cuando consideramos que todos los cuerpos físicos del universo se comportan de acuerdo a ciertas regularidades, cosa que en física nos permite predecir su comportamiento. De este hecho se deduce que ya que los cuerpos humanos son otros objetos físicos más en el universo, entonces éstos y sus comportamientos también están determinados y podrían ser deducidos por un ser o máquina con poderes de razonamiento superior. Pero si esto es así, entonces el hombre no tiene libre albedrío. Estas conclusiones le parecían alarmantes al darse cuenta de que chocaban con algunas de sus convicciones religiosas.

Gradualmente abandonó la creencia en Dios a medida que su intelecto filosófico se tornó más y más racionalista. Lo sorprendente de estos ejercicios es su sofisticación para haber sido escritos por un adolescente, sin prácticamente previo contacto con la filosofía.

[…]

Estudió matemáticas en Cambridge, aunque algo decepcionado por la manera en que en esos tiempos se enseñaba esta ciencia. Esto se debe principalmente a que las matemáticas se enseñaban mediante la constante resolución de ejercicios, mecánicamente, sin ir muy a fondo en la parte puramente formal de la disciplina.

El hecho de tener que aprender su amada ciencia como una serie de trucos le decepcionó profundamente, y buscó estimulación intelectual en la filosofía.

[…]

Para cuando se graduó con honores, Alys y él ya tenían un tono más amistoso y ella lo felicitó efusivamente diciéndole que posiblemente tenía que ser ése el día más feliz de su vida.

Russell recuerda haber pensado que, por el contrario, sólo estar con Alys podría haberlo hecho feliz.»

Ésto es sólo un fragmento ligeramente adaptado de la página de Bertrand Russell en Wikipedia. Me ha parecido una lectura notable sobre un hombre muy especial.

Imagen: A hidden park along the Vecht river, © Ben Visbeek.

Perdidos en el tiempo

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«Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.»

Jorge Luis Borges.

Necesitamos unas coordenadas en el tiempo y en el espacio para —aspirar a— ser felices. Son parte crucial de nuestra identidad. La fotografía es también poderosa porque puede mostrar el escenario privándolo de toda referencia, desnuda los momentos destruyendo su contexto. Lo que ves es lo que hay, lo que hay es lo que cuenta —ya sé que tú y yo nos habíamos ¿puesto de acuerdo? en algunos artículos previos sobre el hecho de que, lo que el espectador ve, es ponderado extraordinariamente por lo que trae consigo; pero como habrás advertido inmediatamente, no hay contradicción con ésto—. Más allá del encuadre se extiende la nada.
Un poco más allá está la Torre Eiffel.

Las fotografías antiguas despiertan intensos sentimientos acerca de la verdadera naturaleza de la existencia humana.

Uno nunca puede estar seguro de si es más importante el instante inmortalizado o algún otro entre todos los que se han sacrificado por conquistar éste.

Imagen: obra de Robert Doisneau, a mediados del siglo pasado:

«Doisneau se levantaba muy temprano y recorría París para sorprender las imágenes furtivas de la calle, escenas inesperadas, algo curioso para un hombre al que no le gustaba mirar a la gente a la cara.

“París es un teatro en el que se paga el asiento con el tiempo perdido. Yo me planto allí con mi pequeño rectángulo y espero”, decía.
Doisneau inmortalizó El beso del Hôtel de Ville (1950), y fotografió tanto a grandes estrellas como a gente corriente. Prendado de una sonrisa, ese instante se convierte con su cámara en algo vivo y tierno. Supo encontrar, con sus ojos de tímido, la emoción, por muy escondida que estuviera.»

Fragmento de un artículo en un suplemento de El Mundo. Tú tienes tu propio París aquí y ahora, y probablemente aún no lo has notado. Con los ojos de la historia, lo que a ti te parece tan cotidiano, tan trillado, será un documento gráfico de incalculable valor en unos años, por mucho que la fotografía se haya masificado.

Fotografiar sin poder ver, fotografiar lo invisible

«Para él, la fotografía no era la descripción literal de la imagen, sino la sensación que tuvo a partir de la experiencia que lo movió a fotografiar: “Las fotos que tomo son vivencias, lo que huelo, toco, escucho. Las memorias de esas vivencias son mis negativos, las tengo en mi mente. Al leerlo [el braille], recuerdo y ubico dónde fue o qué es. No importa si no describo visualmente lo que hay en la foto, pero sí la sensación que tuve del momento en que la tomé”. Así seleccionaba el material para imprimir, no importaba si una imagen era mejor que otra técnica o estéticamente, lo que importaba era que transmitiera lo que sintió.

En su forma de fotografiar, la motivación principal nunca fue visual, como sucede en el caso de los fotógrafos que ven. En sus fotografías lo importante era la parte emocional, no tanto el aspecto técnico ni estético; ciertamente, eso es lo que menos le preocupaba. Recuerdo bien una frase que me dijo la primera vez que nos encontramos: “Te tienes que revolcar con la imagen. Tienes que tocar, oler, lamer si se necesita, para que puedas ir construyendo una imagen”. Y es que, fotografiar sin ver, las más de las veces, le exigía tener contacto con el otro, crear un vínculo con aquello que iba a fotografiar. No podía mantenerse a distancia o ser pasivo. En su caso, la fotografía era una experiencia completamente sensual, en la que involucraba el resto de sus sentidos.

El “Taller de percepción no visual” que impartió Gerardo por casi diez años, no sólo les recordaba a los participantes que vivir es una experiencia multisensorial sino que fotografiar también puede (o debe) serlo. Este taller, muchas veces, resultaba una experiencia casi espiritual para los participantes, donde eran conscientes de su propia ceguera y de las limitaciones sensoriales y creativas que los habían restringido por tanto tiempo.»

Fragmento, Gerardo Nigenda: fotografiar lo invisible (1968 – 2010).