«Russell se rebelaba de una manera más intelectual, escondiendo sus pensamientos de todos, preguntándose si algún día sería capaz de expresarse francamente con otro ser humano. A la edad de once años comenzó el estudio de la geometría euclidiana, pareciéndole tan maravilloso todo el asunto como el primer amor. El poder demostrar una proposición le produjo una inmensa satisfacción, que sin embargo se vio frustrada cuando su hermano le dijo que tendría que aceptar ciertos axiomas sin cuestionarlos, o de otra forma no podría seguir.
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Leyó mucha poesía. También escribió en sus cuadernos sobre varias problemáticas filosóficas que habían venido atormentándolo, especialmente el problema del libre albedrío contra el determinismo. Siendo Russell en esta época un joven profundamente religioso, y además, con un excelente entrenamiento en matemáticas y física, era consciente del problema que surgía cuando consideramos que todos los cuerpos físicos del universo se comportan de acuerdo a ciertas regularidades, cosa que en física nos permite predecir su comportamiento. De este hecho se deduce que ya que los cuerpos humanos son otros objetos físicos más en el universo, entonces éstos y sus comportamientos también están determinados y podrían ser deducidos por un ser o máquina con poderes de razonamiento superior. Pero si esto es así, entonces el hombre no tiene libre albedrío. Estas conclusiones le parecían alarmantes al darse cuenta de que chocaban con algunas de sus convicciones religiosas.
Gradualmente abandonó la creencia en Dios a medida que su intelecto filosófico se tornó más y más racionalista. Lo sorprendente de estos ejercicios es su sofisticación para haber sido escritos por un adolescente, sin prácticamente previo contacto con la filosofía.
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Estudió matemáticas en Cambridge, aunque algo decepcionado por la manera en que en esos tiempos se enseñaba esta ciencia. Esto se debe principalmente a que las matemáticas se enseñaban mediante la constante resolución de ejercicios, mecánicamente, sin ir muy a fondo en la parte puramente formal de la disciplina.
El hecho de tener que aprender su amada ciencia como una serie de trucos le decepcionó profundamente, y buscó estimulación intelectual en la filosofía.
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Para cuando se graduó con honores, Alys y él ya tenían un tono más amistoso y ella lo felicitó efusivamente diciéndole que posiblemente tenía que ser ése el día más feliz de su vida.
Russell recuerda haber pensado que, por el contrario, sólo estar con Alys podría haberlo hecho feliz.»
Ésto es sólo un fragmento ligeramente adaptado de la página de Bertrand Russell en Wikipedia. Me ha parecido una lectura notable sobre un hombre muy especial.
Imagen: A hidden park along the Vecht river, © Ben Visbeek.