«Sólo quería dejar claro que el libro está dedicado a Robert. Trata de nuestra relación, de cómo encontramos nuestro destino. Le había jurado en su lecho de muerte que lo escribiría, que contaría la historia de dos chavales jóvenes ayudándose, creando y creciendo juntos en una Nueva York feroz e inolvidable. [...]
Cuando logré un trabajo en una librería él se quedaba en casa, no estaba hecho para fichar a diario, le chupaba la energía para crear. No pienses que se pasaba el día tirado en la cama fumando porros. Al regresar yo por las noches me ensañaba todos los dibujos, muchísimos, que había hecho ese día. Vivió una vida muy corta, apenas cuarenta y dos años, y tenía tanto que dar... Habría seguido trabajando, habría investigado. Bueno, tenemos lo que tenemos. […]
Robert necesitaba penetrar en la alta sociedad, fotografiar, pintar con los ricos en mente. Antes los artistas trabajaban para los papas; hoy, para los ricos y los museos. A mí, por el contrario, ningún millonario me haría mejor poeta. Me aburría muchísimo cuando Robert, que ya sonaba con fuerza, me arrastraba a cenas con sus nuevos amigos.
Ni siquiera sabía para qué demonios servían tantos cubiertos. Prefiero mil veces comer con las manos. Recuerdo una vez, en casa de John Richardson (el gran biógrafo de Picasso), un palacio, una especie de museo deslumbrante. Después de la cena, una cena repleta de damas de alta sociedad, modelos, gente así, empezaron a bailar, a contar chismes. Me moría del asco. Le pedí permiso a John para curiosear por su biblioteca, que es magnífica. Sólo me importaba eso, leer... y que aquella gente me dejara en paz. Siempre fue así, desde muy joven. Lo único que me interesaba era el arte, los libros. […]
Dios no me concedió muchas habilidades, pero fue generoso al darme un estupendo sentido de la estética.»
Fragmentos de: uno, dos. Visto aquí.