«Para él, la fotografía no era la descripción literal de la imagen, sino la sensación que tuvo a partir de la experiencia que lo movió a fotografiar: "Las fotos que tomo son vivencias, lo que huelo, toco, escucho. Las memorias de esas vivencias son mis negativos, las tengo en mi mente. Al leerlo [el braille], recuerdo y ubico dónde fue o qué es. No importa si no describo visualmente lo que hay en la foto, pero sí la sensación que tuve del momento en que la tomé". Así seleccionaba el material para imprimir, no importaba si una imagen era mejor que otra técnica o estéticamente, lo que importaba era que transmitiera lo que sintió.
En su forma de fotografiar, la motivación principal nunca fue visual, como sucede en el caso de los fotógrafos que ven. En sus fotografías lo importante era la parte emocional, no tanto el aspecto técnico ni estético; ciertamente, eso es lo que menos le preocupaba. Recuerdo bien una frase que me dijo la primera vez que nos encontramos: "Te tienes que revolcar con la imagen. Tienes que tocar, oler, lamer si se necesita, para que puedas ir construyendo una imagen". Y es que, fotografiar sin ver, las más de las veces, le exigía tener contacto con el otro, crear un vínculo con aquello que iba a fotografiar. No podía mantenerse a distancia o ser pasivo. En su caso, la fotografía era una experiencia completamente sensual, en la que involucraba el resto de sus sentidos.
El "Taller de percepción no visual" que impartió Gerardo por casi diez años, no sólo les recordaba a los participantes que vivir es una experiencia multisensorial sino que fotografiar también puede (o debe) serlo. Este taller, muchas veces, resultaba una experiencia casi espiritual para los participantes, donde eran conscientes de su propia ceguera y de las limitaciones sensoriales y creativas que los habían restringido por tanto tiempo.»
Fragmento, Gerardo Nigenda: fotografiar lo invisible (1968 - 2010).