«¿Qué ocurre en mi cerebro cuando una acción voluntaria está en proceso de desarrollo? […]
¿por qué la Naturaleza se tomó la molestia de hacer evolucionar cerebros conscientes cuando parece que hubieran bastado cerebros «autómatas» no–sintientes como los cerebelos? […]
Cada organismo vivo se toma a sí mismo como punto de referencia con respecto al mundo circundante, una especie de “yo” —sujeto— primitivo que actúa con base en esa auto-referencia . […]
Penrose, en su discusión con los defensores de la Inteligencia Artificial Fuerte (IAF) —quienes sostienen que un computador sofisticado puede simular enteramente el psiquismo humano y tomar también consciencia—, dice que “los ordenadores no podrían mostrar convincentemente cualidades mentales —y ciertamente nunca las poseerían realmente. Por consiguiente, se seguiría que los ordenadores no pueden tener derechos ni responsabilidades” […]
Debe existir una ventaja selectiva en que el ser humano tenga una actitud filosófica ante la vida, que se expresa en ese tipo de preguntas que para algunos se constituyen en una pérdida de tiempo. […]»
Fragmento, La consciencia, ¿una realidad no algorítmica?. Aparecen en el texto varias de las ideas de Roger Penrose acerca de la gran pregunta de si la consciencia puede ser simulada mediante un algoritmo, o no. Es decir, si se trata de un sistema determinista, como sí lo son todas las respuestas automáticas del sistema nervioso, más o menos comunes al resto del reino animal.
Roger Penrose es un señor con una formación académica muy notable, mas con mi humilde conocimiento algunas de sus ideas a mí me parecer absurdas. En su página en la Wikipedia se resumen así sus opiniones al respecto:
«Debe haber algo de naturaleza no computable en las leyes físicas que describen la actividad mental. Penrose sugiere que ninguna máquina de computación podrá ser inteligente como un ser humano, ya que los sistemas formales algorítmicos (o sea, los sistemas de instrucciones secuenciadas sobre los cuales están construidas las computadoras) nunca les otorgarán la capacidad de comprender y encontrar verdades que los seres humanos poseen».
¿Puede la consciencia surgir de la complejidad de las estructuras ya conocidas —de las arquitecturas de computadores ya existentes—? Si las células del sistema nervioso actúan como los transistores de las computadoras, ¿cómo puede surgir la consciencia de ahí, de la mera configuración de unos dispositivos electrónicos? En ese caso, la consciencia podría surgir igualmente de un conjunto de millones de dados tirados al azar con tal de que cada dado esté interconectado de un modo no trivial con los demás, y pueda conocer la configuración de sus dados vecinos. Cada configuración global obtenida para el sistema sería una consciencia distinta. Suponiendo que no he malinterpretado sus ideas, la contradicción que encuentro con Penrose es que él afirma que la consciencia no es simulable porque es una entelequia diferenciada del resto del cerebro y libre de sus restricciones deterministas, pese a surgir y depender biológicamente del cerebro como el software depende del hardware en una máquina —el software no es mucho más que los diferentes estados del hardware—. Pero hay un punto en común: parece que el proceso de la consciencia debe surgir de algo diferente, de algo más allá de la combinación de estados de miles de millones de diminutas piezas interconectadas. Encuentro que uno no puede pensar sobre ésto y sentir que falta una pieza, una fuerza, al igual que antes del siglo XIX el motor de explosión era una idea, un campo de estudio sencillamente inexistente y hoy es uno de los ejes de nuestra sociedad, tal vez alguien dé con la solución. Pero no será ni aquí, ni ahora. La idea del determinismo aparece nuevamente pero no voy a tratarla porque el artículo se haría muy extenso. Pese a ello, he de reconocer que es un punto muy importante que debería aclarar para saber de qué estamos hablando exactamente cuando decimos aquí que un proceso no es determinista.
Finalmente, sólo puedo llegar a la pobre conclusión de que una de las sentencias siguientes es verdadera:
- La consciencia surge de la complejidad de los sitemas ya conocidos, en alguna de las múltiples arquitecturas ya existentes o algún hipotético derivado.
- Depende de un mecanismo físico que aún no comprendemos.
- La materia, al margen de las estructuras que pueda configurar, no sólo es inteligente sino que además es consciente al nivel más elemental.
Sobre el papel parece igual de probable el que una máquina (o cualquier cosa, como una piedra) sea tan consciente como cualquier persona. Ésta idea nos parece una aberración, una alienación, por convenio, porque extendemos a los demás nuestro propio sentido de consciencia y «unicidad del ser». Cuando miramos a una persona a los ojos, asumimos que ahí dentro hay alguien. Pero lamentablemente no hay forma de demostrarlo, pues parece que un sistema no-consciente puede emular la totalidad de comportamientos de un sistema consciente. Aunque parece claro que, por algún motivo, no debe ser así, por la segunda pregunta que encabeza este artículo (¿por qué la Naturaleza se tomó la molestia de hacer evolucionar cerebros conscientes cuando parece que hubieran bastado cerebros «autómatas» no–sintientes como los cerebelos?). Cuando responda a ésa pregunta encontraré la respuesta a este párrafo.
Si detectas algún error lógico en el presente texto no dudes en hacérmelo saber; estaré encantado de corregirlo y/o de reflexionar sobre él.
Imagen: best bird picture, © Ronny Fässler.