La fotografía en color de Sergéi Prokudin-Gorski

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«El color que refulge es el mismo que hoy nos sorprende; el necesario para hacerlo materia de placer, de impresión, de anhelo inclusive. Casi dan ganas de correr por el camino, cruzar el puente y golpear las puertas del monasterio para sentir el olor del incienso, y asomarse a la ventana para ver el pasto verde de la llanura.

Nada de esto sucede cuando vemos una fotografía en blanco y negro. No. Ella nos llama a la nostalgia de algo ido; de algo que ya no puede ser así como ahora son las cosas.

Y aparecen estas fotos y nos hablan que la majestad del color es la misma hace cien años y más.

El color que nos llega de una centuria atrás nos abraza y nos da esperanzas. Todo ocurrió de un modo muy parecido cien años atrás. La imagen anhelada de una realidad de la que deseamos asirnos como un trapecista a su madero vital

Adaptación/fragmentos. Lo que siento a partir de lo que sé de las fotos centenarias que presento. Un artículo donde aparece el trabajo de Sergéi Prokudin-Gorski con la fotografía en color, a principios del siglo XX.

Imagen: View of the Nilova Monastery.

El tiempo pasa, y sólo quedan los recuerdos.

El estudio de las singularidades es lo importante

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«A fundamental obstacle in searching for life as we do not know it, is that we cannot be sure what to look for. […]

Anomalies are the driving force behind scientific revolutions; they stand out against the backdrop of accepted scientific belief, driving new conceptual schemes and paving the way for yet more discoveries. It is hard to imagine a discovery of greater significance to science than a shadow biosphere of weird life on Earth. There is, of course, no guarantee that such a biosphere exists or has ever existed. But a systematic search for one, even if unsuccessful, is a worthwhile strategy anyway, if only because it may very well uncover hitherto unknown highly exotic forms of standard life.»

Fragmento, Signatures of a Shadow Biosphere. Visto en Alternate “life” styles: scientist predict de possibility of a shadow biosphere.

Imagen: the great nostalgic. Shiprock. Rattlesnake, New Mexico, 1954. 35mm Kodachrome Transparency by Carl Chelf. Scanned and Restored by Davis Pascal Ayer.

¿Qué es el arte?. La distancia entre el arte y la vida.

La obra anónima, cerrada y completa, es arte. En otro caso, es una manifestación más de la industria del beneficio —siempre— biológico: directa e inmediatamente económico o socialmente económico —lo mismo pero a medio/largo plazo, inversionista, que puede ser aún más «poderoso»—. En última instancia, el creador busca el aplauso, o, al menos, el comentario; la naturaleza de éste no importa demasiado, lo prioritario es la visibilidad. Se trata de reafirmar la identidad y de propagarse como un virus en la mente de las masas —en el mejor de los casos— o del círculo social más próximo e influyente en su porvenir. Para lograr su objetivo dispone de varias opciones no excluyentes: la excentricidad, la polémica, un dominio excepcional de la técnica… la originalidad se le supone.

Lo que normalmente se entiende por arte no es entonces la expresión desinteresada de los más profundos sentimientos, sino una herramienta más al servicio de la supervivencia, y una consecuencia fruto de la evolución de la vida en la tierra. El arte, en todos los campos, aparece entonces como un concepto «vulgar» y «corrupto» cuando se prescinde de toda idealización.

Sin tener que desentenderse de éstas, la única obra de arte es la naturaleza, pues no parece tener una finalidad, como sistema cerrado y autosuficiente que es. Las acciones humanas no son más que subconjuntos suyos y no participan de esas idealizaciones —estas acciones tienen una finalidad, la de relacionar elementos de ese subconjunto— y responden siempre a una necesidad vital impuesta por ésa naturaleza.

Si ningún acto de creación que responda a una necesidad puede ser considerado como arte, si sólo la expresión desinteresada de una idea o un sentimiento puede ser arte, y éstos siempre son respuestas de los seres vivos ante el entorno, ¿qué nos queda?.

«Expectante, ¿Todavía no se han enterado de que existo? y, mientras se esfuerza en pensar que lo único importante era su obra, en su fuero interno estar diciendo: ¡Quiero tener un Nombre, maldita sea!.

Y finalmente ser el elegido. Cuando dos observadores del MOMA iban a recorrer los estudios de los pintores de Saint Mark´s Place se oía un rumor que recorría el barrio: ¡Llévame contigo, llévame contigo…!

Lo que obtiene el elegido es bastante obvio. Lo que Freud (según Wolfe) considera las ambiciones máximas del artista: fama, dinero y amantes hermosas [/hermosos].
El elegido seguirá ejerciendo de antiburgués, pero compensará al burgués que lo eligió con una moderna redención del Pecado de Opulencia. Por eso los coleccionistas de hoy en día no solo buscan la compañía de los artistas que patrocinan, sino que también quieren mezclarse en sus vidas, pagarles juergas y entrar en sus círculos.
Ahí el artista entra en la fase de Consumación y su apariencia lo delata.»

Fragmento, Arte y artistas modernos.

Vivir en perpetua contradicción

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«Siempre se ha creído que existe algo que se llama destino, pero siempre se ha creído también que hay otra cosa que se llama albedrío. Lo que califica al hombre es el equilibrio de esa contradicción.»

Gilbert Keith Chesterton

Del conocimiento, o, al menos, de la exploración del pensamiento, puede surgir la tesitura de tener que vivir en perturbadora contradicción con las propias ideas acerca del mundo. Al igual que le ocurría a Bertrand Russell con el problema del libre albedrío. No conozco otra solución que la de compartimentarse, acaso escudándose en la duda razonable acerca de cada una de esas incómodas —y, para alguno, terroríficas— conjeturas, por sólidas que se nos muestren, o mitigar sus efectos mediante el diálogo con personas afines a tu sentimiento —ésto es, en mi opinión, lo máximo a lo que se puede aspirar—.

En otro caso la vida puede ser una auténtica tortura.

Todo lo que fundamenta y mantiene viva nuestra sociedad se desmoronaría ante nuestro pensamiento, no parecería más que una burla, una obra de teatro donde nadie ha elegido su papel y donde nadie debería ser recriminado (obviamente por unos hipotéticos espectadores, desde fuera del escenario) por su actuación. Todos los discursos, todas las ofensas, todos los juicios y todos los momentos de felicidad se verían como un insulto para una supuesta, idealizada, razón pura e independiente de las «ataduras de la materia», de la biología del hombre, de la física de nuestro universo; pues los acontecimientos humanos sólo pueden tener sentido desde un punto de vista mecanicista del mundo donde la mente —con todo su potencial, toda su inteligencia y sus sentimientos— es sólo una parte casi inapreciable —aunque una consecuencia inevitable y no despreciable— de la ecuación, y a la que nada adicional se le debe.

Ésto último es la causa de todo el sufrimento humano, y de esa estupidez infinita nuestra, pues no nos mueve ni la razón ni el corazón, sino las leyes de la física, y aquéllas son sólo un efecto colateral, una manifestación marginal de la tercera. Ya lo decía Leibniz —a veces malinterpretado— : vivimos en el mejor mundo de los posibles. Quizá no desde nuestra perspectiva, pero tal vez es el único donde todo es coherente, y cualquier otra combinación parece que debería llevarnos a «la nada».

Por último señalar que, a la hora de exponer este tipo de ideas, debo hacer algunas concesiones a la precisión, y a la lógica, para que el texto sea abordable, pues en otro caso acabaríamos naufragando en un razonamiento recursivo y sin caso base a la vista.

Imagen: Palm Springs 1960, Robert Doisneau.

Elegir

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«Lo que otorga a las acciones humanas un sabor de justicia es esa nobleza o galantería de ánimo, que se da muy raras veces, que hace que un hombre desprecie las ventajas que podría obtener en su vida como resultado del fraude o del quebrantamiento de una promesa.»

Hobbes.

Imagen: Sin título, © Ada ate Ada.

Hasta el final

«Usted señala un aspecto interesante, que es la ambigüedad de sus relaciones con el mundo literario. Siempre fue así: por una parte necesitaba de la proyección de su obra, como cualquier artista, porque vivía de ella. Por otra, su ser más profundo se rebelaba ante la vida social e intelectual, porque ella nunca se sintió cómoda en ella. Fue incapaz de construirse un personaje público, una máscara, para defenderse. Su forma de protegerse era escapando, como Elizabeth de Austria huyendo de la corte de Viena desesperadamente hasta el final, cualquier final. […]

En términos absolutos, no podía quejarse de cómo la trataba el mundo literario, porque a ella le bastaba decir su nombre para que se le abrieran todas las puertas. […]

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Seducía por su sonrisa, su sencillez y el talento que había demostrado en su primera novela. El problema es que había que ir dando muestras de ese talento continuamente –el ser sublime sin interrupción, que decía Baudelaire-. Y eso ella no lo soporta. Siente que ha escrito una novela con sus entrañas, pero que no está a la altura de la conversación intelectual y que además no le interesa para nada.»

Adaptación, Anna Caballé y el misterio en torno a Carmen Laforet.

Imagen: Contact, © Ada ate Ada.

De la materia inerte a los pensamientos

«A veces no encuentras respuestas. Sólo más preguntas.»

En el documental La vuelta al mundo de la familia Schürmann (The World in Two Roundtrips).

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«Eduard Punset suele decir que la selección natural le ha encargado una misión al cerebro: sobrevivir. Por ello, la verdad de lo que ocurre allí afuera no llega a la conciencia tal cual es porque, al cerebro, eso no le interesa tanto como el asegurar la transmisión de nuestros genes. Uno de los científicos que mejor ha desarrollado esta idea es el neurólogo Rodolfo Llinás: “solamente dentro del cerebro se mezcla el rojo de una manzana, con su redondez, con su tacto, con su sabor y con su olor. Esas cosas las genera el sistema nervioso. Somos incapaces de imaginar el mundo de otro modo porque lo hemos construido así.”

En la línea de Llinás, Stephen Kosslyn explica que el cerebro organiza y distribuye la información sobre lo que hay en el exterior de maneras que no aparecen necesariamente en el universo y que no son evidentes en el mundo. “Lo que percibimos en el exterior es en parte un reflejo de cómo estamos construidos nosotros -expone Kosslyn-.” […]

El límite de la definición de conciencia es tan indefinido que Heinrich Rohrer, premio Nobel de física y considerado como uno de los padres de la nanotecnología, no se anima a negarle propiedades conscientes [supondremos que conciencia=consciencia, por comodidad] incluso a la materia inerte [esto ya apareció por aquí]. Por ello, cita a su colega Gerd Winig quien se pregunta si lo que llamamos leyes de la física podría ser también “un signo de espíritu o de inteligencia”. La separación que aparenta ser indiscutible entre inteligencia, materia viva y materia muerta “probablemente no sea muy razonable”.»

Fragmentos de un interminable hilo en Astroseti.

«Una Galaxia es simplemente una parte pequeña del Universo, nuestro planeta es, una mínima fracción infinitesimal de esa Galaxia, y, nosotros mismos, podríamos ser comparados (en relación a la inmensidad del cosmos) con una colonia de bacterias pensantes e inteligentes. Sin embargo, todo forma parte de lo mismo y, aunque pueda dar la sensación engañosa de una cierta autonomía, en realidad todo está interconectado y el funcionamiento de una cosa incide directamente en las otras.

Pocas dudas pueden caber a estas alturas del hecho de que poder estar hablando de estas cuestiones, es un milagro en sí mismo

Fragmento, Desde la materia “inerte” a los pensamientos.

Imagen: I miss you, © L’inutile Fra.

En la partícula más pequeña se encuentra reflejado el universo entero

«Quizás nunca haya un hombre leído tanto, estudiado tanto, meditado más, y escrito más que Leibniz… Lo que ha elaborado sobre el mundo, sobre Dios, la naturaleza y el alma es de la más sublime elocuencia.

Cuando uno compara sus talentos con los de Leibniz, tiene la tentación de tirar todos sus libros e ir a morir silenciosamente en la oscuridad de algún rincón olvidado.»

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«Leibniz emplea una expresión muy curiosa que se ha vuelto célebre: "las mónadas no tienen ventanas". Es decir, las mónadas no se comunican con otras mónadas, no tienen comunicación con el exterior, con el mundo, del que sin embargo forman parte. Y ello porque, de alguna manera, el "exterior" ya está incluído en ellas. […]

A partir de cada una podría deducirse el conocimiento acerca de todo, tanto de lo pasado, lo presente y lo futuro. Dicho con otras palabras: cada mónada pliega o contiene dentro de sí el infinito, aunque su despliegue no sea el infinito sino su mera existencia finita. […]

La comunicación de todas las substancias que componen el mundo está garantizada por la presencia universal de este mundo en todas ellas.
[…]

Podría decirse que "todo está en todo" o que "todo conspira con todo". Nada sucede fuera de una mónada que no esté ya de algún modo dentro, y por ello todas las cosas, en su mismo mundo, concuerdan entre ellas.

Hay un verso de Leibniz que dice: "Particula in minima micat integer orbis", es decir, "en la partícula más pequeña se encuentra reflejado el universo entero".»

Fragmento, páginas 104-105 de Leibniz. Vida, obra y pensamiento. Tomo 32 de la colección Grandes Pensadores, distribuída por el periódico El Mundo allá por 2007-2008.

Algunas de las ideas de Leibniz, como la aquí expuesta, constituyen un inusual compromiso entre exquisita elegancia y severa profundidad, más allá de la idoneidad del lenguaje con el que fueron transcritas o posteriormente traducidas. Es difícil hacerles justicia con un comentario. Es curioso cómo existen ideas poderosas que no necesitan de muchos versos para ser compartidas.

Una vez interiorizadas, se muestran intermitentemente como algo evidentemente cierto y hermoso, que, aunque tal vez resulta incompleto, incluso «accesorio para nuestros corazones», es de una belleza fría y sobrecogedora.

Es bien visible su sentimiento matemático del mundo, en cuanto a que utiliza la mónada como contenedor para explicar una percepción axiomática —ahora no encuentro una definición más precisa— de La Realidad™. Una realidad trascendente que contiene, junto a todo lo demás, la totalidad de los sueños, deseos, conjeturas y aspiraciones de la humanidad.

La mónada es interesante porque supone otro medio para la negación de la vulgaridad del concepto de lo material; el recuperar la ilusión y volver a maravillarnos por el mundo en que vivimos, al que podemos mirar ahora desde esa perspectiva trascendente. Resulta una transformación de las ideas de Descartes acerca de la glándula pineal, pero ya no hablamos de una interfaz entre la res extensa y la res cogitans, sino de «la unidad» de ambos conceptos (y finalmente, incluso un paso más allá), y no «sólo» de ambos mundos —algo que igualmente seria maravilloso, a su modo—. La mónada tampoco representa la conexión de todos los elementos y todos los seres del universo con independencia de sus coordenadas espacio-temporales, sino la unidad misma de todos ellos, como seis cuadrados unidos por las aristas adecuadas constituyen un cubo o hexaedro regular y pueden, por tanto, observarse como manifestaciones de una geometría de dimensión superior. Es una diferencia ciertamente sutil.

Una definición «visual» para poder digerirla podría ser la siguiente: una infinitesimal «esfera» —de la que no cabe ya distinción entre física o metafísica— engendrada por y para portar la estructura completa del universo en forma de unas ecuaciones inescrutables, salvo a través de sus manifestaciones colectivas en el mundo que ellas mismas constituyen.

Nótese que la búsqueda de la unidad, de la unificación, es, en última instancia, la aspiración del hombre en los diversos campos del saber… y de la vida (las relaciones). Tal vez por ello nos resulte atractivo. Hay algo que nos impulsa por éste camino.

Lo único doloroso para nosotros, seres curiosos, es que se alza como la última frontera del pensamiento, verdaderamente impenetrable. Preciosa y enigmática como una pompa de jabón, que no permite que nada se introduzca en su interior —salvo, hasta donde yo «sé», la gravedad y una parte del espectro electromagnético. Bueno, y ésta otra cosa. Y no sobra recordar que, si la rompes, ya no es una pompa de jabón— mientras nos deslumbra impasible con su caótica coloración.

En base a lo poco que he leído, Leibniz es extenso y en múltiples ocasiones aparece excesivamente enrevesado con sus ideas, tal vez fruto de un gran entusiasmo por salvarlas sobre el papel a costa de depurarlas un poco más para el resto de los mortales. No sé si a algunos nos ha acercado un poquito más a la felicidad (todo lo que emprendemos las personas tiene ésto por objetivo, aún cuando aparente no llevar a ninguna parte, como este blog que estás leyendo) —aunque, todo hay que decirlo, creo que en el mundo actual razonar acerca de la idea de mónada no es un ejercicio sólo para un genio autónomo sin acceso a fuentes de información, a poco que se cuente con un mínimo de interés por el mundo. Las ideas que expuso Leibniz pueden comenzar a desfilar también ante nuestro intelecto, y aún más con la ingente cantidad de información disponible sobre física y sobre el pensamiento— pero sin duda nos ha dado algo más en qué pensar —algo digno de admiración, suponiendo que pensar es una actividad positiva en el sentido de que otorgue alguna recompensa emocional—.

Tal vez ahora puedas desplazar la mirada y observar todo desde otro punto de vista, participar de la visión del mundo que tuvo Gottfried Wilhelm von Leibniz hace cuatro siglos. Gracias al regalo del lenguaje. Pero según todo lo que acabas de leer, la percepción del paso del tiempo es sólo una ilusión, sólo otra manifestación, de aquella exótica entidad.

Para finalizar, quiero rescatar unas palabras de un post muy recomendable de El departamento de Criptoacústica:

«Se puede decir por lo general que la vida es absoluta oscuridad iluminada por los destellos puntuales de esos grandes momentos.

Vivimos por y para esos destellos.»

Fuente de la imagen.

Hacer el bien en un mundo imperfecto y egoísta

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«¿Qué somos nosotros si no intentamos ayudar a los demás? Nada.»

Del documental El cirujano inglés [página oficial].

Por supuesto, hay numerosas reseñas sobre esta magnífica obra —de los mejores documentales que espero ver en mi vida—, como la disponible en SURDOCS:

«Henry Mash es uno de los neurocirujanos más importantes de Londres. Guiado por una incansable necesidad de ayudar con sus conocimientos a los demás, desde hace 15 años viaja a Ucrania buscando mejorar la primitiva neurocirugía que observó allí a partir de su primera visita en 1992. Hoy sus pacientes lo ven como el gran salvador del oeste, un personaje casi divino al que acuden padres desesperados que quieren que salve a sus hijos, y al que su colega ucraniano ve como un gurú y un benefactor. Pero junto con la satisfacción que encuentra también debe chocar con diagnósticos erróneos, niños a los que no puede salvar y una escandalosa carencia de equipos y de personal cualificado.»

Y en Hoy es arte:

«”Es como vender el alma al diablo, pero, ¿qué se puede hacer? Mi hijo tuvo un tumor cerebral cuando era un bebé y yo estaba desesperado por encontrar a alguien que pudiese salvarlo. Ahora no puedo huir de los que lo necesitan”, explica el propio protagonista en la película. Este dilema es lo que resulta interesante de Mash, ya que su compasiva humanidad se convierte en el tema universal del documental: la lucha por hacer el bien en un mundo imperfecto y egoísta.»

Si tienes la oportunidad, no lo dudes:


Imagen: Come take my hand, © ethanea.