«Usted señala un aspecto interesante, que es la ambigüedad de sus relaciones con el mundo literario. Siempre fue así: por una parte necesitaba de la proyección de su obra, como cualquier artista, porque vivía de ella. Por otra, su ser más profundo se rebelaba ante la vida social e intelectual, porque ella nunca se sintió cómoda en ella. Fue incapaz de construirse un personaje público, una máscara, para defenderse. Su forma de protegerse era escapando, como Elizabeth de Austria huyendo de la corte de Viena desesperadamente hasta el final, cualquier final. […]
En términos absolutos, no podía quejarse de cómo la trataba el mundo literario, porque a ella le bastaba decir su nombre para que se le abrieran todas las puertas. […]
Seducía por su sonrisa, su sencillez y el talento que había demostrado en su primera novela. El problema es que había que ir dando muestras de ese talento continuamente –el ser sublime sin interrupción, que decía Baudelaire-. Y eso ella no lo soporta. Siente que ha escrito una novela con sus entrañas, pero que no está a la altura de la conversación intelectual y que además no le interesa para nada.»
Adaptación, Anna Caballé y el misterio en torno a Carmen Laforet.
Imagen: Contact, © Ada ate Ada.