La obra anónima, cerrada y completa, es arte. En otro caso, es una manifestación más de la industria del beneficio —siempre— biológico: directa e inmediatamente económico o socialmente económico —lo mismo pero a medio/largo plazo, inversionista, que puede ser aún más «poderoso»—. En última instancia, el creador busca el aplauso, o, al menos, el comentario; la naturaleza de éste no importa demasiado, lo prioritario es la visibilidad. Se trata de reafirmar la identidad y de propagarse como un virus en la mente de las masas —en el mejor de los casos— o del círculo social más próximo e influyente en su porvenir. Para lograr su objetivo dispone de varias opciones no excluyentes: la excentricidad, la polémica, un dominio excepcional de la técnica... la originalidad se le supone.
Lo que normalmente se entiende por arte no es entonces la expresión desinteresada de los más profundos sentimientos, sino una herramienta más al servicio de la supervivencia, y una consecuencia fruto de la evolución de la vida en la tierra. El arte, en todos los campos, aparece entonces como un concepto «vulgar» y «corrupto» cuando se prescinde de toda idealización.
Sin tener que desentenderse de éstas, la única obra de arte es la naturaleza, pues no parece tener una finalidad, como sistema cerrado y autosuficiente que es. Las acciones humanas no son más que subconjuntos suyos y no participan de esas idealizaciones —estas acciones tienen una finalidad, la de relacionar elementos de ese subconjunto— y responden siempre a una necesidad vital impuesta por ésa naturaleza.
Si ningún acto de creación que responda a una necesidad puede ser considerado como arte, si sólo la expresión desinteresada de una idea o un sentimiento puede ser arte, y éstos siempre son respuestas de los seres vivos ante el entorno, ¿qué nos queda?.
«Expectante, ¿Todavía no se han enterado de que existo? y, mientras se esfuerza en pensar que lo único importante era su obra, en su fuero interno estar diciendo: ¡Quiero tener un Nombre, maldita sea!.
Y finalmente ser el elegido. Cuando dos observadores del MOMA iban a recorrer los estudios de los pintores de Saint Mark´s Place se oía un rumor que recorría el barrio: ¡Llévame contigo, llévame contigo...!
Lo que obtiene el elegido es bastante obvio. Lo que Freud (según Wolfe) considera las ambiciones máximas del artista: fama, dinero y amantes hermosas [/hermosos]. El elegido seguirá ejerciendo de antiburgués, pero compensará al burgués que lo eligió con una moderna redención del Pecado de Opulencia. Por eso los coleccionistas de hoy en día no solo buscan la compañía de los artistas que patrocinan, sino que también quieren mezclarse en sus vidas, pagarles juergas y entrar en sus círculos. Ahí el artista entra en la fase de Consumación y su apariencia lo delata.»
Fragmento, Arte y artistas modernos.