Equilibrio

Vivimos en un mundo donde la bondad no existe. No hay personas buenas, lo que hay son sistemas biológicos que se mueven por el más puro interés, y que utilizan diversas estratagemas —de forma consciente o no— para camuflar su objetivo real: la búsqueda del placer —mejor si es inmediato— por la vía más cómoda posible. No lo considero una opinión; en su lugar, un hecho reiteradamente contrastado; hagan memoria de sus propias vidas, seguro que al menos surgirá una duda razonable. Así de bruto, así de amargo. Así de real. El que no lo vea así, es porque no conoce suficientemente ni el terreno de juego ni a los jugadores; o porque nunca se ha mojado por nada ni por nadie.

«Sólo el tiempo desmiente o confirma». Con suficiente tiempo, la confirmación de que todo ésto es cierto será visible, para toda relación por profunda que sea.

No es una visión optimista (ni avanzada) del mundo. Aunque «a veces las personas nos merecemos algo más que la realidad en bruto» no me gusta edulcorar las cosas. No es el tipo de ideas que hacen escuela, sino lo que uno necesita expresar. Nuestras vidas se parecen mucho más a una ejecución de El juego de la vida que a un escenario repleto de individuos deseando establecer lazos afectivos sólidos, ideales (desinteresados aunque generados por algún motivo); o de colaborar siquiera. Sólo tienes que poner un pie en la calle para comprobar cómo a la vuelta de cada esquina hay alguien deseando ponerse un peldaño por encima de ti en el campo que sea.

vw-t2-engine-diagram-470.jpg

Supongo que es a ésto a lo que algunos llaman perder la inocencia, aunque seguramente no elegirán las mismas palabras.

Pero… ¿por qué son así las cosas?
Basta recordar la idea central de aquél libro titulado El origen de las especies para encontrar una explicación; la verdad, bastante trivial:

Los sistemas buenos (en el sentido más coloquial del término) no sobreviven. No existen la belleza y la bondad tal como suelen interpretarse: algo es bello en función de su convergencia a ciertos patrones estandarizados de modo más o menos arbitrario (decidido por el universo en su conjunto), donde la presencia de algún tipo de simetría es habitual. Por contra, en el fondo, algo es hermoso o bueno cuando sirve para resolver un procedimiento de forma eficiente, y la presencia de las cualidades antes citadas son sólo una posible consecuencia; está por ver hasta qué punto son necesarias para la definición. Y la eficiencia de un algoritmo/ser vivo depende del entorno en que se ejecute. Por prodecimiento quiero decir: la búsqueda de la solución a un problema de cálculo, la búsqueda de alimento, de pareja, del placer estético que debe generar una obra de arte… hay diversos modos de abordar cada uno de estos problemas —todos reducibles al primero—, y diríamos que muchos son muy poco elegantes —de baja probabilidad de éxito a priori—.

Sólo sobreviven o dan cabida a la evolución los sistemas oportunistas (¿y crees que merece la pena sobrevivir así?, ¿no crees que eres uno de ellos?), aquéllos que son capaces de responder a los problemas que el escenario contemporáneo les plantea de forma eficiente y utilizando cualquier medio a su alcance, sin dar demasiado —el justo— peso a las consecuencias en el otro, en los demás componentes del gremio, otorgando un valor muy superior a las repercusiones sobre la trayectoria futura del propio individuo —aunque el estado del grupo influya en él—. Y todo por ese —falso— sentido de independencia tan arraigado en nuestro código genético, que es compartido en mayor o menor medida por todos los individuos de todas las especies que se hayan enzarzados en esa batalla sin aparente finalidad que es la supervivencia, como vectores señalando el camino más corto a la máxima entropía; si bien no en cuanto a la secuencia, al menos en su propósito.

Existe un equilibrio, una solución (o conjunto de soluciones) óptima(s) (equivalentes en el escalar final objeto de estudio) a todos los problemas (digo que existe al menos una solución óptima siempre porque, como mínimo, la solución óptima debe ser la que siempre tenga lugar finalmente, la realice un agente consciente o no, pues toda acción está supeditada a las leyes de la física y por tanto siempre es óptima en cuanto a que es la única posible, dentro de un universo, (aunque sea por omisión), porque es la única coherente con el resto de los parámetros del sistema) —la existencia de una entidad, un agente testigo del mundo, es la raíz de todo problema— que permite que las cosas existan y «parezcan tal cual se nos presentan» (perdonen la poco sutil barbaridad), y tal vez nada de esto podría ser de otro modo; por ello parece un buen punto de partida para tratar de responder a la idea de si realmente queremos jugar con estas reglas que estoy vagamente describiendo.

Sí, pero… entonces… ¿podemos cambiar algo?

El egoísmo inherente a toda forma de vida protege su existencia y permite el desarrollo y la evolución, el cambio en éste u otro parámetro posiblemente llevase al traste con el mundo que conocemos, y no estaría yo aquí escribiendo estas líneas. Que esto sea algo bueno o malo, queda planteado como ejercicio al lector.

Es algo turbio el que la misma pregunta quede respondida inmediatamente:

La motivación de la pregunta es la búsqueda de un bienestar mayor. El motor de esa búsqueda es nuestro egoísmo, en forma del deseo de alcanzar un equilibrio químico en nuestro cerebro tal que aumente nuestro nivel continuo de felicidad.

Cambiar consiste pues en suprimir el egoísmo, pero como lo buscamos porque así seremos más felices, debe ser motivado por el mismo egoísmo. Luego dicho cambio no es más que la respuesta ante esa irresistible fuerza de la naturaleza y por tanto no es más que una manifestación de aquello que se desea suprimir. Por tanto la respuesta parece ser no. Por no decir que el cambio, aún obviando ésto, no sería más que un breve transitorio hasta nuestra desaparición. Éste párrafo puede dar bastante guerra, lo publico tal cual.

No podemos, por triste que pueda parecer.

El hombre no puede existir fuera de la sociedad, al menos no sería lo que nosotros entendemos como tal. Sería algo superior o inferior —siempre desde el punto de vista de la optimización para la supervivencia— pero no equivalente al ser que habita en la colmena. El egoísmo permite la existencia del individuo, pero, fuera del equilibrio, o bien el individuo o bien la sociedad que lo sustenta se terminarían desvaneciendo tal como los conocemos, arrastrando al mismo destino al otro, evidentemente.

Van surgiendo alianzas, grupos sociales más o menos heterogéneos en su conformación pero cuyos elementos son contenedores de un objetivo común: «abrirse camino en la vida». El oportunismo, la falta de una lealtad ideal, trascendente, basada en unos ideales que fuesen hermosos pero necesariamente inútiles para la supervivencia (como si tal asunto pudiera tener lugar), y la optimización del beneficio propio, nos terminan embruteciendo; mas de otro modo no estaríamos aquí divagando sobre lo lamentable que resulta ese hecho. «Libere en el centro del placer de su cerebro todas las sustancias que generen un estado de bienestar instantáneo, ignore en lo posible al resto del mundo y centre sus recursos en usted mismo, haga daño u obvie a todo aquél que no le aporte un beneficio claro», siempre ha sido un cebo tentador. Y aunque parezca extraño, este comportamiento es lo que nos ha traído hasta aquí —creo que, con ésto, es un buen momento para dejar abierta la pregunta de si realmente estamos caminando hacia alguna parte movidos por la existencia y la evolución, o si deseamos seguir siquiera—.

Es fácil perder la guerra moral contra el resto del mundo, pues no hay ningún interés (fácilmente palpable), más allá del de redactar unas pocas líneas sobre el tema, en que un agente biológico de corta vida plantee de nuevo una de esas batallas que llevan librándose, individuo a individuo, desde la noche de los tiempos.

Robando unas palabras a David Hume: «nuestra vida es demasiado corta para sondear abismos tan profundos».