Consciencia y creatividad

¿Es la creatividad la mayor prueba de consciencia?

El reconocimiento tácito en el otro de una sensibilidad especial parece garantía más que suficiente de que esa persona no va a hacernos daño, de que podemos confiar en ella.

A las personas creativas se les atribuye un mayor grado de sensibilidad (o, al menos, yo lo hago), lo que, parece razonable pensar, es propio de mentes con un grado más elevado de consciencia; las personas que a largo plazo vale la pena conocer, las relaciones que merecen ser mimadas.

Pensando sobre éste y otros temas se me ocurrió escribir el presente artículo, con un enfoque más o menos apropiado y caótico; acorde con el estilo habitual. ¿Qué es la creatividad?

¿Puede programarse la creatividad?

Existe una fuerte relación entre esta última pregunta y el contenido del último artículo publicado en este sitio web: La Jaula Fantástica: la vida en la caja negra, donde se comenta cómo un conjunto de reglas «sencillas» aparentemente genera —¿contienen la misma información?— comportamientos complicados o complejos; comportamientos difíciles de predecir si nos limitamos a observar la historia del juego pero sin haber dilucidado aún las reglas que lo rigen.

En cualquier caso es difícil responder tales preguntas cuando no disponemos de una definición formal e inapelable de los términos que se pretenden relacionar, una definición que pueda ser compartida, y sólo accedemos a un conocimiento intuitivo; el origen de los conflictos.

Respecto a si es la creatividad la mayor prueba de consciencia, es tentador pensar que así debe ser, entre otras consideraciones porque la consciencia parece, al menos, la antítesis del determinismo, y el determinismo también parece, al menos en la superficie, un antónimo de la creatividad. La creatividad parece sinónimo de libertad de pensamiento. Sin embargo, tal vez determinismo y creatividad vayan de la mano y la cuestión de si una persona o un procedimiento es creativo sea reducible a preguntar cómo de impredecible es su comportamiento determinista por las entidades adyacentes, porque la creatividad es indisociable del contexto.

¿Se puede programar el arte?, ¿no atenta contra su propia definición?

Según el diccionario de la Real Academia Española en su 22ª edición, la acepción de nuestro interés es la que sigue:

«Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros.»

Lo que, fuera de este post, equivale a no decir nada; cualquier obra humana pudiera ser considerarada como arte bajo estas disposiciones, y los atributos de humana, personal y desinterés, así como la distinción entre real e imaginado son todos puntos vagamente justificables. Con anterioridad también se publicó aquí el texto: ¿Qué es El Arte?. la distancia entre el arte y la vida, donde se divaga un poco sobre estas consideraciones, con más o menos éxito.

Hunt-of-the-Unicorn-470.jpg

Veamos ahora la importancia de la intención, de la motivación, en el concepto de creatividad:

«Actualmente gracias a la potencia de cálculo de nuestros ordenadores se han conseguido millones de sus decimales. Teóricamente tiene infinitos decimales y deben estar situados de forma completamente aleatoria, de manera que al cabo de miles de millones de trillones de decimales que busquemos podremos encontrar cualquier combinación, que convenientemente codificada podría contener: El Quijote, Romeo y Julieta, la Biblia o este propio escrito.»

Fragmento: La bella teoría: La información, el azar y el número Pi.

Es curioso que todas las obras humanas puedan ser descritas como un puntero sobre la forma siguiente:

pi-calculation.png

Aunque no lo es tanto si vemos que el único motivo de la inclusión de esta fórmula es disponer de un medio que garantice la distribución uniforme de las cifras. Para el que no esté familiarizado con la notación, esto de aquí arriba es la descripción de una suma de infinitos términos que en este caso da como resultado un número de infinitas cifras: el inverso del número Pi. Debido a la distribución de dichas cifras, se puede encontrar una secuencia de ellas en el resultado de esa suma que, bajo algún tipo de codificación (un esquema de correspondencias como pudiera ser la misma tabla ASCII), permite representar cualquier texto. Pero un texto obviamente también puede ser una descripción de una obra punto a punto independientemente del soporte material. Y vemos que la elección de la tabla de correspondencias tampoco es importante porque en conjunto no altera el resultado (sólo las posiciones relativas de las decodificaciones) y no es la clave de la intencionalidad.

Así que mediante un algoritmo, una secuencia de pasos bien definida, se puede construir lo que nosotros consideramos como obras de arte, en los diversos campos: fotografía, cine, literatura, música, pintura, escultura, programación, matemáticas,… aunque evidentemente la información esté ofuscada y no relacionada con otro contexto; tal vez ésto sea la representación de la, suponemos, falta de una intencionalidad relacionada con el resultado, de motivación… por parte del procedimiento de cálculo.

¿Generar obras por fuerza bruta —disponiendo si así se quiere de un hipotético mecanismo automatizado con capacidad de interpretación semántica actuando como filtro— puede ser considerado como un proceso creativo? ¿Hasta qué punto difiere del proceso creativo de una persona, dejando aparte consideraciones sobre el pésimo rendimiento o refinamiento que pudiera tener tal clase de implementación?

Para finalizar, me he encontrado con otro post interesante en Computación creativa y otros sueños:

«Pareciera que cuando la tecnología invade el terreno de la creación el arte se deshumaniza, y éste no es más que un problema de la psicología humana, porque si desconocemos la manipulación no apreciamos esta deshumanización ya que el objeto creado es el que es, sea producto de un humano, de una máquina o de ambos. Quizá esto sucede porque el espectador aprecia la intencionalidad, que sabe que, a día de hoy, no existe en la máquina, y la presupone en el humano.

Sin embargo, hay un punto al que apenas llegan las ayudas técnicas. La reproducción, a día de hoy, es trivial para una máquina, pero aún no la improvisación, que implica una toma de decisiones en tiempo real, y que es la parte más difícilmente explicable de la creación. Seguramente eso también se andará, y entonces será imposible distinguir si la creación es del hombre o de la máquina. Ese día aceptaremos a las máquinas o rechazaremos el arte.

Fragmento, La frontera entre el hombre y la máquina como creadores.

La creatividad ante todo parece que debiera ser la respuesta a una poderosa pulsión. No parece fácilmente reducible a una colección de inputs y outputs físicos. Tal vez soy demasiado reduccionista en mis enfoques y eso no permite avanzar en el razonamiento, quedándonos así en poco más que una descripción de la situación. Así que, continuará…

Imagen: The Hunt of the Unicorn.

La jaula fantástica: la vida en la caja negra

«Un autómata celular puede conceptualizarse como una representación matemática de un sistema, definido por un conjunto de elementos discretos que interactúan localmente.

Para implementar un autómata celular, el espacio es dividido en celdas; esta división rompe, en algunos casos, la hipótesis de continuidad que es utilizada, en general, en las descripciones integro-diferenciales de los fenómenos físicos, pero que en el contexto biológico es una evidencia —entidades individuales—. […]

La aparente simplicidad del modelo [habla de El Juego de la Vida de Conway] encubre la sorprendente complejidad que puede encontrarse al cabo de unas pocas iteraciones, lo que indujo a pensar, y de allí el nombre de este modelo, que se podría tratar de un sistema emulador de alguna forma de “vida”.»

Fragmentos: Autómatas celulares, la simulación de lo simple a lo complejo. Varios autores. Está en la página 14 del documento enlazado.

«Golly is an open source, cross-platform application for exploring Conway’s Game of Life and other cellular automata. The primary authors are Andrew Trevorrow and Tomas Rokicki, with code contributions by Tim Hutton, Dave Greene, Jason Summers and Maks Verver.»

Golly es el paradigma de cómo dentro de un sistema cerrado y con unas reglas predefinidas, diseñadas, se puede observar la evolución en el tiempo de ciertas estructuras. En este sentido se parece bastante a la idea de transformada en matemáticas: haciendo una analogía con la Transformada de Fourier, el conjunto invariante de reglas que rigen al sistema puede ser visto como una especie de representación en el dominio espectral/de la frecuencia, mientras que su simulación puede considerarse como su representación en el dominio real/temporal/espacial.

fourier.jpg

Imagen.

La idea de evolución sólo tiene sentido cuando se aplica a la apariencia instantánea de un sistema al ser muestreado. La información que lo gobierna, si el sistema está aislado, es invariante. Por tanto la evolución en el dominio del tiempo, por ser el caso más intuitivo, es sólo un espejismo pues no supone un cambio en las estructuras que describen el sistema, y por tanto no aporta información sobre la naturaleza, los orígenes o la motivación de las mismas. Cualquier juicio acerca de la ésto último en base al comportamiento observado en un intervalo de tiempo finito en términos evolutivos será impreciso debido a que el juicio tendrá lugar con información potencialmente incompleta.

Ya dentro de la propia simulación, uno podría pensar que existe alguna correspondencia entre el algoritmo utilizado, o el conjunto de reglas del sistema, o el conjunto mínimo que permite que el sistema no derive en un oscilador (incluyendo los bodegones) o en la muerte

(el escenario puede vaciarse de celdas blancas si no se cumplen ciertas condiciones de adyacencia. Las celdas mueren —pasan de blanco a gris— por soledad o por superpoblación; agrupaciones de celdas blancas pueden considerarse imitaciones de estructuras orgánicas),

y esa popular y sistemáticamente despreciada complejidad irreducible (pero irreducible si no salimos del mismo sistema), cuyas críticas a veces se abrazan de forma tan apasionada e irracional como, paradójicamente, en muchas ocasiones hacen los practicantes de diversos credos religiosos con lo que les es propio —el ser humano está programado para creer en lo que toque, la irracionalidad a la hora de defender posturas valiéndose de argumentos inaplicables al contexto es una propiedad universal que nos caracteriza—:

«La complejidad irreducible (IC según sus siglas en inglés) es un argumento desarrollado por el bioquímico Michael Behe para apoyar el diseño inteligente. Defiende que la organización de ciertos sistemas bioquímicos no sería explicable por una evolución gradual; que no se habrían podido formar por los mecanismos propuestos desde Charles Darwin. El argumento de la complejidad irreducible da una cierta interpretación de estos cambios, para explicar que el origen de la complejidad y el orden en la naturaleza serían la obra deliberada de un agente inteligente

Dentro de la simulación, el algoritmo utilizado por Golly bien pudiera ser interpretado por los «habitantes» de este curioso mundo como un axioma, y si no estoy equivocado, esto equivale a verlo como un objeto cuya complejidad es irreducible:

«La palabra axioma proviene del griego αξιωμα, que significa “lo que parece justo” o aquello que es considerado evidente y sin necesidad de demostración. La palabra viene del griego αξιοειν (axioein) que significa “valorar”, que a su vez procede de αξιος (axios) que significa “valuable” o “digno”. Entre los antiguos filósofos griegos, un axioma era aquello que parecía ser verdadero sin ninguna necesidad de prueba

Cabe señalar que parece razonable pensar que el hecho de que desde dentro del sistema algo pudiera ser considerado como de complejidad irreducible no dice nada acerca de su naturaleza en otro contexto externo, dando al traste con el concepto.

Aunque tal vez la palabra necesidad no sea la más adecuada; lo que quiero decir es que los axiomas representan la naturaleza del sistema y no se puede descender a un nivel lógico más profundo sin salir del sistema y sin que la demostración se haga en base a elementos que se deducen de los propios axiomas, lo que es una prueba de la coherencia del sistema, mas no una justificación de los mismos independientemente de sus relaciones con el resto del sistema, esto es, una demostración de los axiomas en términos absolutos, que es lo que se buscaba. Por tanto el término necesidad debiera ser sustituido en la proposición por imposibilidad, imposibilidad de demostrar algo que sabemos que es cierto sólo porque no encontramos contradicción con el mundo que “genera” (el sentido de la causalidad, si es que es aplicable, aquí es difícil de discernir).

Desde fuera del sistema, fuera del mundo creado por Golly, ese axioma tal vez no demostrable desde el interior, y cuya motivación es desde dentro un enigma, es un conjunto de instrucciones dedicadas a permutar el estado de los millones de condensadores o lo que sea que constituya la memoria de la máquina y que se ha ejecutado para publicar un post en un blog. No parece trivial deducir esa motivación o especie de cadena causal en el tiempo desde dentro de la simulación. Aunque tal vez ese aislacionismo no sea posible porque no se puede separar a la máquina de su contexto.

Lo que yo considero más interesante son las siguiente cuestiones:

¿Existe algún mapa semilla —el conjunto de condiciones iniciales explicitada en forma de celdas que están activadas (en blanco) en el instante inicial— que, durante su proceso de evolución, pueda deducir por sí mismo que se trata de una simulación por computador, sin salir de la propia simulación?

“Generalizando”: ¿puede un sistema inferir algo sobre lo que hay fuera de él, algo sobre la estructura externa que lo ha construído (lo que permitiría descubrir la naturaleza de los axiomas propios), mediante mera comparación de objetos internos —incluyendo las propias reglas de comparación—?

Si la respuesta es «sí», esto debiera permitir deducir la estructura que permite la emergencia de los axiomas (suponiendo que no sea una «cadena de emergencia infinita» en la que axiomas se enlazan con otros axiomas ad infinitum), y tal vez la «motivación» tras ellos.

La motivación es la piedra angular de todo, pero la motivación es una idea «creada para» uso del hombre y no tiene por qué ser extensible como propiedad que se manifiesta necesariamente en otras estructuras, aunque existan en el mismo mundo.

¿Existe algún mapa semilla que, durante su proceso de evolución, pueda hacer otra cosa que no sea permutar sus estados internos de forma coherente con su axiomática?

¿Podemos pretender acceder a alguna verdad fuera de nosotros mismos?

El software trae varios mapas semilla preconstruídos. Uno de los que me han parecido más interesantes tiene el nombre de DLA-Margolus.

DLA son las siglas para Diffusion-Limited Aggregation/Agregación limitada por difusión, que Wikipedia lo define como sigue:

«un proceso en el cual partículas sometidas a paseo aleatorio debido al movimiento browniano se aglomeran para formar agregados de tales partículas. Es aplicable a la agregación de cualquier sistema donde la difusión es el medio primario de transporte en el sistema. DLA puede ser observado en muchos sistemas tales como eletrodeposición, flujo de Hele-Shaw, depósitos minerales, y ruptura de dielétrico.»

Para no irnos por las ramas más de lo necesario, el flujo de Shaw vamos a dejárselo a los ingenieros del ramo, pero la ruptura de dieléctrico puedes observarla sin más que meter un CD en el microondas. Tiene la forma de un coral pero prácticamente bidimensional.

El añadido Margolus hace referencia a cierta propiedad de evolución del sistema (la forma en que se “discretiza” el tablero de juego) pero tampoco me parece importante.

golly-dla-2.png

¿Son estos juegos o simulaciones una forma de vida? (ignoremos el hecho de que llamarlo simulación lo despoja de tal potencial). Con anterioridad hemos comentado que una estructura viva es una estructura disipativa, o, visto de una forma sutilmente más pobre, como una estructura autopoiética que mantiene sus estructura característica a costa de homogeneizar el medio. Liberando calor, por ejemplo. Digo sutilmente porque en el segundo caso casi se adivina la intención de separar la estructura de su entorno, en lugar de verla como algo que emerge del mismo, como ocurriría con los pliegues en una sábana.

Una partida a El Juego de la Vida puede verse como un conjunto infinito y numerable (numerable porque las celdas tienen una anchura común, independientemente de cuánto valga, es una constante dentro del sistema; si fuera un ancho infinitesimal esa idea de constante carece de sentido y un movimiento de una celda sería el desplazamiento de una superficie bidimensional sobre un continuo: la sucesión de transiciones sería no numerable) de transiciones entre mapas de tiempo discreto (aunque las operaciones necesarias para realizar cada transición se realizan en un computador que trabaja en nuestro mundo que nosotros percibimos en nuestra cotidianidad como de tiempo continuo).

La apariencia instantánea, muestreada, del “árbol fractal”, del “coral”, es una estructura disipativa, porque, si bien el juego como modelo lógico es independiente del medio, su implementación y ejecución en una computadora genera calor —disminuye el orden global— en nuestro mundo. Por tanto, hasta aquí no hay contradicción con la definición de vida. Sería diferente, más complicado, si considerásemos su espectro: el algoritmo junto con las condiciones iniciales.

En éste caso podría pensarse que no es una estructura autopoiética, ya desde el momento en que sabemos que, en realidad, globalmente el sistema no evoluciona desde el momento en que sabemos que cuenta con una representación espectral y además finita (porque el conjunto de reglas de adyacencia es finito, son sólo un puñado de hecho) [pregunta abierta ¿es importante que sea finita? ¿qué ocurriría si el espectro fuera infinito?].

El conjunto de reglas que rige el sistema, entre las que se encuentra la producción de nuevas unidades moleculares en el caso de los seres vivos comunes, parece intuitivamente reducible (tal vez no) al conjunto de reglas de generación de celdas blancas en base a los criterios de adyacencia. En ambos casos se trata de un conjunto invariante de información. Vaya, parece que la generación en el dominio del tiempo de nuevas estructuras no debe ser un criterio válido para la definición de qué está vivo, y qué no lo está. Porque es demasiado ambiguo y engloba tanto, que no sirve para acotar lo que intuitivamente entendemos por vida. O tal vez necesitemos ampliar nuestros horizontes a la hora de considerar qué está vivo y que no, y cambiar la pregunta por la de qué es un ser consciente.

Con anterioridad hemos expuesto que las estructuras disipativas sólo tienen sentido en su contexto; son indisociables de su entorno, son una única entidad, pero nuestro lenguaje tiene sus limitaciones conceptuales (por aquéllo de la economía del lenguaje, tal vez) y nos conduce a ideas imprecisas que separan lo que no es escindible.

Golly es una vaga alegoría de nuestro mundo. Y ha sido creado con la intención de entretener, o ni eso, tan sólo con la intención de escribir unas pocas líneas y hacerle perder el tiempo al hipotético lector; tal vez nosotros no deberíamos esperar mucho más del original.

Encuentros en el fin del mundo

«Como entidades aisladas son las más “pequeñas” que puedas imaginar. En este instante acaban de atravesarme billones de ellas, como chorros en un inmenso océano; mas normalmente no interactúan con la “materia ordinaria”. Es como si existieran en un mundo aparte, pero estamos seguros de la necesidad de su existencia, sabemos que están ahí.

Si pudieras “ver” una de esas extremadamente poco frecuentes interacciones, un impacto, tendría la forma de un rayo de luz de diez metros, un rayo del azul más hermoso que jamás hayas visto.

Como físico comprendo las matemáticas que describen el fenómeno, pero tengo la sensación de estar ante un “dios” que no puedo tocar, pero que puedo medir.»

New-Fortuna-Glacier.jpg

Fragmento (más o menos; he modificado ligeramente lo que recuerdo), Encuentros en el fin del mundo: «Odisea te ofrece este sobrecogedor documental del afamado realizador Werner Herzog en el que impresionantes localizaciones se yuxtaponen a las reflexiones profundas, surrealistas y a veces absurdas, de la gente que ha decidido formar parte de una sociedad tan lejana como uno nunca hubiera podido soñar.»

Imagen: New Fortuna Glacier, 1915, by Frank Hurley.