La elegancia de la arquitectura de control social

«Si una estructura de alambre se introduce en una cubeta con agua jabonosa y después se saca con cuidado se obtiene una fina película de jabón, una gran pompa con una particularidad: no existe otra superficie que tenga un área menor para la estructura dada.

Dos son las características de estas superficies mínimas que las hacen ideales para la construcción de cubiertas arquitectónicas: en primer lugar, es evidente que, al ser la superficie mínima, también lo es su peso [suponiendo espesor invariante en toda la estructura, claro está], lo que permite desarrollos de gran ligereza. En segundo lugar, la tensión superficial en estas formas está completamente equilibrada (como ocurre en las pompas de jabón), lo que dota a las construcciones de gran estabilidad.

Munich olympic stadium

La cubierta del Estadio Olímpico de Munich, que cubre y unifica el estadio, las pistas y las piscinas, fue un hito en la utilización de estas técnicas por la enorme escala a la que se aplicaron.

Pero no son las cuestiones técnicas lo primero que llama la atención sobre estas estructuras: ante ellas uno cree encontrarse ante algo “natural”. Alejadas de las rígidas pautas ortogonales de la arquitectura moderna, las superficies mínimas presentan formas orgánicas de una elegancia extraordinaria. Es la elegancia que el ojo descubre en lo que, lejos de imponerse al medio, se adapta a él.»

Pensaba redactarlo yo mismo, pero me he tomado la libertad de copiar y pegar éste fragmento de Epsilones, Estadio olímpico de Munich. Me siento en la obligación de avisar de que, en éste post, este fragmento ha sido utilizado para motivos ideológicos independientes de dicho sitio web.

«Se conoce como totalitarismos a las ideologías, los movimientos y los regímenes políticos donde la libertad está seriamente restringida y el Estado ejerce todo el poder sin divisiones ni restricciones (de un modo mucho más intenso, extenso y evolucionado que el teórico poder absoluto de las monarquías del Antiguo Régimen).

Los totalitarismos, o regímenes totalitarios, se diferencian de otros regímenes autocráticos por ser dirigidos por un partido político que pretende ser o se comporta en la práctica como partido único y se funde con las instituciones del Estado. Estos regímenes, por lo general exaltan la figura de un personaje que tiene un poder ilimitado que alcanza todos los ámbitos y se manifiesta a través de la autoridad ejercida jerárquicamente.

Impulsan un movimiento de masas en el que se pretende encuadrar a toda la sociedad (con el propósito de formar un hombre nuevo en una sociedad perfecta), y hacen uso intenso de la propaganda y de distintos mecanismos de control social y de represión

Wikipedia, Totalitarismo.

Los mayores fraudes siempre vienen envueltos en papel de regalo. Se trata de camuflar, en un disfraz de bondad y ejemplo, una arquitectura de control social para que las masas la hagamos nuestra, la idealicemos, y vivamos —y muramos, a poder ser— por ella.

Es el paradigma del sistema económico dominante. Cada mercancía moderna, elegantemente mecanizada, oculta tras de sí un rastro de transacciones económicas que rara vez están libres de injusticias. Después de todo, todo beneficio económico parte de una asimetría de energía potencial. Esto es; una injusticia.

Un bonito envoltorio y una depurada interfaz nos hacen olvidar y restar importancia a las míseras y/o inexistentes expectativas de vida de los esclavos modernos que trabajan para nuestro consumo, la degradación del medio y la deslocalización del trabajo.

El cuestionamiento, bien de la idoneidad de comulgar con dicha arquitectura, bien de la dignidad de su propósito, siempre es respondido con las mismas tácticas. Éstas son el chiste, la finta, la exaltación irracional y espontánea de los mismos símbolos totalitarios que se ponen en entredicho. La ocultación y el rechazo, mediante el desprecio de lo que no se comprende.

Es sorprendente cómo adultos plenamente desarrollados, con amplia formación universitaria y gran inteligencia, son sometidos con las mismas artimañanas con las que se puede engañar a un niño. ¿Cómo puede ser ésto? Bien, el arte de la manipulación no se basa en el dominio del lenguaje racional por parte de los medios de comunicación para la persuasión de su público. Ésa batalla la tendrían perdida con cierto sector de la sociedad, la élite intelectual por así llamarlo, desde su mismo plantemiento.

El engaño masivo se sirve de medios más sutiles, y para ello necesita de otras vías. Se orquesta atentando contra las capas más profundas del cerebro humano, esas que evolutivamente precedieron a la razón, y que dominan cada aspecto de nuestra existencia. Implantando la semilla en el núcleo de los sentimientos, uniendo por condicionamiento las ideas totalitarias a los sentimientos de pasión, aceptación social, pertenencia a algo, éxito —concepto que se define por consenso en cada era y lugar—, etc, etc.

Aquéllos cuya vida no tiene un propósito fuera del grupo, aquéllos que no existen como individuos sino como un engranaje más del sistema totalitario, son los primeros en lanzar un patético ataque ante todo atisbo de libertad de pensamiento, lo que delata su debilidad y su dependencia. Patético en su forma y propósito, que no necesariamente en su intensidad.

Nunca, en la historia, ha habido carencia de sujetos dispuestos a sacrificar su individualidad con fervor para defender unos símbolos que dotan de un pobre sentido a su vida. Cualquier actitud divergente será públicamente insultada o desprestigiada por las mismas víctimas del engaño, ya sea por los medios de comunicación o por aquellos seres más cercanos que no son conscientes de haber ejecutado la más elevada de las traiciones. La traición a uno mismo: la sumisión.

Por supuesto, tal traición puede existir sólo en el caso de que se cuente con algún valor distinto y no reducible a la mera adaptación a las circunstancias, a la sombría perspectiva de plantearse la vida como un camino adaptativo en el que la única finalidad es el aprovechamiento de los recursos para el supuesto progreso personal. Si dichos valores no existen, no podremos hablar nunca de sumisión, sino de un individuo que ha nacido muerto.

No sé si sería acertado hablar de ejemplos de totalitarismos contemporáneos. Tal vez sea debido a la llamada globalización, o tal vez sea una característica implícita del término, el caso es que todas las estructuras de control parecen ser piezas de un conglomerado mayor destinado a subyugar las mentes de los hombres. Hombres que no dudarían en pisar cada una de estas palabras. La forma más fácil, como he dicho, es mediante el chiste o las sentencias indemostrables, esas que fulminan todo intento de diálogo.

¿Cómo reconocer un fraude?

Bien, antes de nada, recordar que en creer que uno es —hasta cierto punto, al menos— libre de pensamiento (tal vez, la única libertad digna de llamarse así), recae nuestra mayor debilidad.

Dicho ésto podría resumir que, los fraudes a escala social, suelen estar erigidos en piedra, hormigón y acero. Haciendo alguna concesión a mi falta de argumentación a continuación, podría pensarse, incluso, que la arquitectura y la ingeniería mal dirigidas son disciplinas totalitarias por naturaleza.
“La verdad”, un concepto en realidad no tan abstracto dado que es pisoteado día tras día, por el contrario, suele estar o bien en el limbo del pensamiento, o, como mucho, torpemente escrita en papel. No es sólo una cuestión de que la verdad no necesita más medios para ser defendida y sobrevivir al tiempo, porque es evidente y, por fuerza, emergerá por naturaleza en algún momento, como lo hicieron hace millones de años aquellos supuestos organismos de la sopa primigenia. O de comodidad, dado que la verdad parece ser una actitud de búsqueda y aproximación a La Naturaleza y no una meta claramente definida y fácilmente encapsulable en un número arbitrario de páginas. También es una cuestión de recursos. Los esclavos, son (somos) todos.

La libertad siempre es áspera en su superficie.

Quisiéramos ser libres en toda su definición. Diríase que, hablar de grados de libertad, es una contradicción semántica. No obstante, seamos sinceros, la única libertad real a la que podamos aspirar —a estas alturas sería una excelente señal que te planteases si éstas mismas palabras, no son un fraude empotrado en un texto supuestamente crítico— tal vez sea la consciencia de que nunca palparemos todos nuestros barrotes. Ni siquiera los de nuestra capacidad de cuestionamiento. Parece verosímil que dichos barrotes habitan dimensiones conceptuales de un mayor rango del que podemos soñar.

Anunciado ésto, quiero advertir, también, que la libertad, como todo producto del mercado (!), tiene un precio. La transición se cobra el peaje emocional más elevado que un ser humano podría pagar exceptuando su propia vida. Y no voy a decir cuál es, si te sientes, como yo, libre, lo sabrás.

De la servidumbre moderna 470

«Ante la devastación del mundo real, es necesario para el sistema colonizar la conciencia de los esclavos. Es por eso que el sistema dominante ha decidido enfocarse en la disuasión que, desde la más pequeña edad, cumple el papel preponderante en la formación de los esclavos. Ellos deben olvidar su condición servil, su prisión y su vida miserable. Basta con ver esa muchedumbre hipnótica, conectada a las pantallas que acompañan su vida cotidiana. Ellos disfrazan su insatisfacción permanente con el reflejo manipulado de una vida soñada, hecha de dinero, de gloria y de aventura.

Pero sus sueños son tan lamentables como su vida miserable.

Hay imágenes para todo y para todos. Esas imágenes llevan en sí el mensaje ideológico de la sociedad moderna y sirven de instrumento de unificación y de propaganda. Se multiplican a medida que el hombre es despojado de su mundo y de su vida.

Es el niño el primer blanco de esas imágenes. Hay que volverlos estúpidos y extirparles toda forma de reflexión y de crítica. Todo ello se hace, claro está, con la desconcertante complicidad de sus padres, quienes han desistido ante el impacto de los medios modernos de comunicación. Ellos mismos compran todas las mercancías necesarias para la esclavización de su progenie. Se desentienden de la educación de sus hijos y se la dejan al sistema del embrutecimiento y de la mediocridad.

Hay imágenes para todas las edades y para todas las clases sociales. Los esclavos modernos confunden esas imágenes con la cultura y, a veces, con el arte. Se recurre constantemente a los instintos más bajos para vender cualquier mercancía. Y es la mujer, doblemente esclava en la sociedad presente, la que paga el precio más alto.

Ella es presentada como simple objeto de consumo.

La rebelión ha sido también reducida a una imagen desprovista de su potencial subversivo.

La imagen sigue siendo la forma de comunicación más directa y más eficaz: crea modelos, embrutece a las masas, les miente.

Les infunde frustraciones y les insufla la ideología mercantil. Se trata, pues, una vez más y como siempre, del mismo objetivo: vender, modelos de vida o productos, comportamientos o mercancías, vender no importa qué, pero vender.»

De la servidumbre moderna.