Ólafur Arnalds: Two songs for dance

«El paisaje del desamparo requiere de materiales más consistentes: ladrillos, uno arriba del otro, ladrillos que forman un muro que tapia el ojo y ensordece la vista, aboliendo la perspectiva y el parámetro.
La saturación como reverso de un tiempo vacío.

El silencio aterra más que el infierno mismo. El silencio se vive como la muerte y, para conjurarla, se invoca al trueno. El ruido que tapa su parca sonrisa. La tentativa de demorar lo irremediable a todo volumen. […]

Occidente y su vanidad. La música trató de ocupar el lugar de la inefabilidad que está reservado al éxtasis religioso. La música absoluta, es decir, instrumental, un lenguaje más allá del lenguaje que se había emancipado definitivamente de la palabra llegó por eso a considerarse en el siglo XIX como el mejor camino para vislumbrar lo infinito.

Poco queda de aquella pretensión de música total en la totalidad musical de estos días. Música exánime por exceso de material, tiranizada por el mercado, sometida al metabolismo de la industria cultural. Música tras(h)cendente.»

Fragmentos, El infierno sonoro. Abel Gilbert.

Two songs for dance 470

«El corazón del hombre puede definirse como “deseo”: deseo de verdad, de bondad, de justicia, de belleza; deseo de felicidad. En última instancia es […] deseo de un “amigo”, pues no hay forma más alta de felicidad para el hombre que hallarse en compañía de “otro” que esté a su lado.

Ciertamente este amigo que el hombre desea es “desconocido”, y se encuentra, además, respecto de su existencia, “lejano, lejano”. Tanto, que las más de las veces se tiene la tentación de vivir desde su ausencia, de convencerse, incluso, de su inexistencia.

De vez en cuando, sin embargo, se despierta dentro de éste la “nostalgia” de su presencia.

La música tiene la virtud de sacar al corazón del hombre de su mortal olvido. Ella no es esta presencia que aguarda el hombre, no es el contenido de su deseo, pero cuando es auténticamente bella se convierte en el despuntar cierto de una “promesa”. A través de su timbre, de su ritmo, de su armonía, de su estructura, puede recordarle para qué se vive, por qué la vida vale la pena.»

La belleza de la música y el deseo del hombre

Rayuela

«Este juego es muy sencillo, ayuda a que los niños desarrollen la coordinación viso-motora. Se cree que este juego se desarrolló en la Europa renacentista y que la temática está basada en el libro La divina comedia de Dante, obra en la cual el personaje, cuando sale del Purgatorio y quiere alcanzar el Paraíso, tiene que atravesar una serie de nueve mundos hasta lograrlo.

Julio Cortazar

El jugador actúa a modo de ficha. Debe saltar de casilla en casilla, a la pata coja, empujando la piedra que se suponía representaba su alma. Parte de la Tierra para conseguir el Cielo —Urano—, vigilando no caerse en el Infierno —Plutón— durante su recorrido. En ningún caso la piedra debería pararse sobre una línea, ya que, de la Tierra al Cielo, no hay fronteras ni zonas de demarcación, ni separaciones, ni descanso.»

Fragmento