Archivos de la categoría Filosofía

Trampas

«La falacia circular es una falacia lógica, que se basa en poner a prueba una proposición, realizar un proceso de razonamiento circular, llegando a la afirmación expuesta, y presentar este razonamiento como demostración de su veracidad.
Este modo de proceder no demuestra ni la veracidad ni la falsedad de la proposición, pero la presenta como el resultado lógico de un razonamiento correcto, y por tanto como una conclusión cierta.»

«The fallacy of composition arises when one infers that something is true of the whole from the fact that it is true of some part of the whole.»

La balsa de la Medusa

«Dostoyevski ha escrito: «Si Dios no existe, todo está permitido». […] Efectivamente todo es lícito si Dios no existe, y como consecuencia el hombre está «abandonado» porque no encuentra en sí ni fuera de sí la posibilidad de anclarse. Y sobre todo no encuentra excusas. […] no encontramos frente a nosotros valores u órdenes que puedan legitimar nuestra conducta. Así, no tenemos ni por detrás ni por delante, en el luminoso reino de los valores, justificaciones o excusas. Estamos solos, sin excusas. […]El hombre, sin apoyo ni ayuda, está condenado en todo momento a inventar al hombre.»

JEAN LOUIS THEODORE GERICAULT La Balsa de la Medusa Museo del Louvre 1818 19 large

«Me representaba de modo muy claro que la vida y el mundo no dependían más que de mí. En realidad, hasta podía decirse, en aquel momento, que el mundo no había sido creado más que para mí. […] Y puede suceder que, en efecto, nada exista para nadie después de mí y que el mundo entero, una vez que se haya abolido mi consciencia, se desvanezca como un fantasma, puesto que no es más que el objeto de mi consciencia, y que se aniquile, puesto que todo el mundo y todos los hombres acaso no sean más que yo mismo… »

El sueño de un hombre ridículo.

PaleBlueDot

«a photograph of planet Earth taken on February 14, 1990, by the Voyager 1 space probe from a record distance of about 6 billion kilometers. »

«Los botes tirarían, penosamente unidos mediante cabos, de la improvisada balsa. Se produjeron juramentos de que nunca los abandonarían y bla, bla, bla. Al cabo de unas pocas horas se produce la traición. Se cortan los cabos que unen a los botes con la balsa, debido a la imposibilidad de gobernarla en aquella mar desde los botes. Ellos o la balsa. Todos los presentes en aquel conjunto de palos arrastrados no se lo podían creer. El valor de los juramentos pronunciados se lo llevó el viento rápidamente, en cuestión de segundos.»

La maldición de la Medusa. El naufragio más terrible de Francia

Rescatar o superar el romanticismo

«Romanticismo es algo más complejo y profundo. Se trata de una cosmovisión, de una forma de habitar el mundo, no sólo prosaicamente con artefactos, máquinas, ordenaciones sociales y jurídicas, sino de habitar poéticamente el mundo al articular la máquina con la poesía, el trabajo rutinario con la creatividad, el interés con la gratuidad, la objetividad en los conocimientos con la subjetividad emocional, el pan trabajosamente ganado con la belleza fascinante de las relaciones calurosas. Esto hay que rescatarlo.

La sociedad de la tecnociencia y del conocimiento nos mandó al exilio, nos robó el sentimiento de un hogar y de una patria y principalmente nuestra capacidad de conmovernos, de llorar, de reír con gusto y de apasionarnos por la naturaleza y por la vida. Estamos condenados a vivir bajo el «sol negro de la melancolía», pero no sólo los románticos son afectados por esta melancolía, sino también los adeptos a la cultura imperante. Un devastador vacío existencial marca a millares de personas que tratan de llenarlo mediante el consumo desenfrenado.

Esta condición humana suscita de nuevo la utopía. Nace de la convicción de que el mundo no está fatalmente condenado a la melancolía. Hay en nosotros y en la sociedad virtualidades aún no ensayadas que, puestas en práctica, pueden reencantar la vida. Es, pues, una utopía necesaria, mensaje perenne del romanticismo. Bien termina Michael Löwy su obra: «la utopía será romántica o no será».»

Leonardo Boff

Eclíptica

«Aquéllos que no podemos imponer nuestra voluntad sobre el —resto del— mundo, tratamos de darle un sentido»

Una imagen no es sólo una mirada al pasado. La consciencia de/la creencia de la existencia de los instantes de nuestra percepción como productos mecanizados y moldeados por la causalidad roba la espontaneidad. El tiempo puede ser capturado, detenido, con cierta precisión, mediante lo que se nos aparece como un proceso derivado de él mismo. Lo que está por venir no difiere de esto en su naturaleza: una fotografía es también una mirada al futuro.

El transcurrir de la degradación del mundo repara en mirarse en un reflejo interno. A través de nuestros teclados, del obturador de una cámara; de nuestra contemplación del mundo.

No parece haber un por qué en el sentido humano —¿debería haberlo?.

Transformado el tiempo continuo en una colección de diapositivas, los objetos dejan de ser puntos desplazándose en el espacio para convertirse en trayectorias tejidas con el material del propio espacio. Y, mediante una correspondencia unívoca entre composición y leyes invariantes, se debería poder derivar el devenir, con mayor o menor resolución, no sólo de la geometría aparente de dichas trayectorias, sino de lo que en principio había quedado más allá de los bordes de la imagen, como un contexto soñado por el espectador.

Por qué alguien «decide» o quiere creer eso. Dejando de lado razonamientos argumentativos acerca de lo que parece coherente o no, y de las debilidades y dramas derivados de ese modelo, no puede negarse que pudiera existir un componente crítico, emocional, en todo ello.

Lo importante de un modelo de pensamiento puede no ser el nivel de coherencia interior y su símil con la realidad. Creemos lo que queremos creer: aquello que apacigua nuestros conflictos internos.

El miedo, la debilidad emocional tal vez, fue lo que nos embarcó en un viaje en el que tratamos de convertir al tiempo en un subproducto de una existencia estática. La escasa razón con la que contamos —pero no por ello necesariamente equivocada— no nos permitió ni nos permite aún ver contradicciones en ello; y, lo que es más importante, nuestras conclusiones nos gustan, al menos en un primer momento, descartando sus posibles implicaciones colaterales.

Nos gustan porque la idea del tiempo como efecto del conflicto interno de algo inmanente permitía salvar la mayor de las distancias entre lo que en un principio concebimos como dos puntos, como dos seres separados: el abismo insalvable que supone toda distancia temporal.

Si estábamos obligados a sentir la existencia como un viaje hacia la nada y sin billete de vuelta, habiendo renunciado ya a la felicidad, al menos encontraríamos cierta paz destruyendo la unidireccionalidad de un mundo que se precipitaba agónico hacia un vacío que lo taladraba desde sus entrañas, devorando todo horizonte, disolviendo toda naturaleza, todo propósito. Sustituiríamos al vacío por una espuma, en un acto de negación de la idea primaria; un flotador en la interfaz entre nuestra existencia y la nada, la palabra que hacemos corresponder con el terror de lo que no puede ser nombrado, pues por definición debería ser distinto de lo que es objeto del pensamiento.

Desmenuzaríamos el mundo aparente hasta que los instantes no fuesen concebibles como una sucesión de tiempo continuo, como una canción que hubiera sido fraccionada en notas individuales para deshacernos de la percepción de un trágico final que no nos atrevemos a presenciar. Todo aquello que nos había hecho sentir vivos quedaría protegido para siempre en la jaula fantástica, en una existencia suspendida fuera del tiempo, allí donde éste no pudiera dañarlo, enterrarlo bajo las edades inconmensurables.

Pero surgió al menos un problema inesperado. Durante nuestro acto de salvación del mundo, lo habíamos dañado de forma irreparable introduciendo un esquema determinista en las relaciones humanas. Al extirparlo de un contexto temporal que a nosotros se nos antoja como de una arbitrariedad acotada en su devenir, observamos que, en nuestro mundo, que se había descubierto como una precisa máquina causal, el sufrimiento de los seres que lo habitaban era sólo una especificación más del diseño. El sufrimiento era tan invariante como el universo atemporal donde se hallaba empotrado. Habíamos dado forma a uno de los infiernos posibles.

La putrefacción de las cosas que habitan en el mundo alcanzó cotas capaces de derrotar cualquier voluntad de buscar una simetría que equilibrase el conjunto. Ese viaje no parecía posible. Simplemente, nuestra vida no parecía poder durar lo suficiente como para volver a sentir lo bueno que pudiera existir. ¿Qué podíamos hacer?

Nos liberaríamos de la desesperación cambiando la estructura del lenguaje de nuestra percepción.

Trataríamos de volver a unir aquellas notas; reconstruiríamos la melodía.

¿De la posesión o del devenir del espacio?

«La obra Lever de Carl Andre, formada por una simple fila de ladrillos refractarios colocados sobre el suelo, puede entenderse, más que ninguna otra escultura del minimal art, como precursora del cambio de sensibilidad que se produjo al pasar de los objetos o estructuras que se colocan en cualquier espacio a las esculturas que definen un lugar.

La importancia de Lever reside en que fue gestada para responder a una situación espacial concreta. Cuando Carl Andre fue invitado a participar en la exposición Primary Structures que realizó el Jewish Museum de Nueva York en 1966, se propuso crear una obra para un espacio específico en vez de exponer alguno de los trabajos que ya había realizado con anterioridad. Con esta decisión de responder a una situación particular, Carl Andre dio un salto, pasando del interés por el objeto al interés por el modo en que el objeto se sitúa e interacciona con su entorno espacial.
Los espectadores, que podían acceder indistintamente desde dos salas contiguas a la que ocupaba la obra, podían tener desde cada una de ellas diferentes vistas de la misma.

Desde una sala los espectadores verían un segmento de la fila de ladrillos lateralmente, extendiéndose en horizontal. Desde el segundo acceso se encontrarían con la hilera de frente. […]

Frederick L. Sandback delimita espacios concretos de la galería con líneas dibujadas sobre el suelo y la pared y con cintas elásticas o cuerdas que extiende entre dos paredes, delimitando así volúmenes que representan ausencias de elementos tangibles. Sol Le Witt, por su parte, desde hace muchos años se ha dedicado a realizar wall drawings, dibujos de retículas, figuras geométricas, manchas de color y líneas que invaden por completo las paredes de las salas de exposiciones y que, una vez acabada la exhibición, son eliminadas, volviéndose a repintar nuevamente las salas. […]

En las obras de Dan Flavin el material no es sólo la luz, sino aquella parte del espacio que la luz ilumina, del que se cobra consciencia en tanto que la luz lo hace visible.»

Fragmentos, La idea de espacio en la arquitectura y el arte contemporáneos. Javier Maderuelo. Akal/Arte contemporáneo, página ~312 de ~420 de esta edición.

El laberint angels ribe

«El cuerpo plástico corporeíza algo. ¿Corporeíza el espacio? ¿Es la plástica una posesión del espacio, un contener el espacio? […]

El espacio empero -¿permanece el mismo? ¿No es aquel espacio que desde Galileo y Newton recibió su determinación? El espacio -¿es aquella extensión uniforme, sin zonas privilegiadas, en cada dirección equivalente, e imperceptible a los sentidos?»

El arte y el espacio, Martin Heidegger

«El silencio inunda el espacio y nos deja en suspenso. A oscuras, hace resonar el mundo para orientarnos en él.

Extender colecciones, encontrar desconexiones, mirar vacíos, espaciar emociones, guardar huellas, anticipar texturas, desbordar pensamientos, esculpir posiciones, tocar aberturas, recortar historias, acomodar residuos, superponer sensaciones, prestar motivos, recibir pesos, rescatar indicios, extrañar cuerpos. Transitar las asignaciones que unen un sistema simbólico a uno material.

Atreverse a convivir.

Atreverse a convivir implica aceptar no saber realmente quién es el otro. Animal, humano vegetal o cosa, escapan a mi saber o comprensión. Y sin embargo es un hecho que estamos expuestos los unos a los otros, puestos fuera de sí, inclinados al encuentro con aquello que apenas podemos presuponer. Pero qué pasaría si la oscilación entre lo inmundo de nuestras presuposiciones se abriera tangencialmente al mundo de las posiciones, los pesos y de los cuerpos en contacto.»

el borde silencioso de las cosas

Imagen: Àngels Ribé, 3 Punts, 1970-1973. Camilayelarte.

La seducción del silencio

«En sí mismo el silencio no puede ser expresado. Insondable ontológicamente, insoportable antropológicamente, como el timbre inaudible de la nuda existencia, nos servimos de símbolos para referirnos a él. La música es sólo uno de estos símbolos.»

Carlos Areán Laso

«Through the years, I developed the need to minimize the music patterns and to explore the embodiment of 2,3 or more sound sources.
This process allows sources to exchange characteristics in order to create a new “sound stream”. As a result those new “sound streams” are richer in harmonics than any of the original sounds separately.

At same time I let them interact with each other as freely as possible, by minimizing the control over the piece. Once this is achieved, and set in motion, the work has a life of it’s own, and I am there to capture the moment.»

Perfused, Fluxion

Giant causeway

«La materialidad que tenemos en la partitura son signos, grafías, manchas de tinta y no sonidos. Es en la sociedad donde se produce la obra musical. Es allí donde se determina qué parte de la sensación acústica es sonido y qué parte corresponde al ruido.

La obra no está terminada en sí misma, sino que supone toda una red de relaciones significantes con su contexto.
La coseidad (Dingheit) de la obra de arte no puede reposar en la partitura, si bien, en cuanto programa de ejecución, la partitura contiene datos muy útiles para producir señales acústicas pertinentes, es decir, sonidos.
La partitura puede presidir una grabación fonográfica de la pieza musical. Ambos entes serán entonces ocurrencias concretas de la misma cosa: la pieza musical “Cuarteto de Beethoven”. La materialidad de ambas ocurrencias será diferente y sin embargo similar y sus auditores dirán, con razón o no, que están percibiendo “el Cuarteto de Beethoven”, sin importar que estén viendo la partitura o estén escuchando una grabación. Ambas ocurrencias tendrán entonces trazos distintivos similares, que remiten a un segundo ente, cuya presencia no siempre se nota: la pieza musical.

Cuando hablemos del “Cuarteto de Beethoven” del ejemplo estaremos tratando de algo que reúne materialidades diferentes, de una cosa que remite a otras cosas, por la presencia de trazos distintivos comunes. Por ejemplo, ambas ocurrencias, la grabación y la partitura, contendrán el mismo número de notas y de duración similar, así como sus silencios y alturas relativas. Esos trazos serán la materialidad de la pieza musical, pero de todas formas la obra de arte musical como alegoría y símbolo no puede estar o residir sólo en esa materialidad.

Sabemos que la partitura y la grabación representan o remiten a ese segundo ente que, de todas formas, no puede ser considerado sólo como un modelo abstracto, pues la coseidad de sus trazos distintivos se verifica en ambas ocurrencias concretas. Ambas ocurrencias remiten a un ente unitario, la pieza musical, perceptible a través de la materialidad de sus trazos distintivos presentes en ambas ocurrencias.

Podemos pensar que la pieza musical, si bien es un ente perceptible y distinto de otros entes de la misma especie (por ejemplo, otras piezas musicales del mismo autor), depende a su vez de una verdad, de una coherencia que se transmite a través de esos trazos, pero no sólo, sino que, además, a través de todos aquellos trazos del contexto de su actuación y que no conforman el ente “pieza musical”, sino la relación de éste con su devenir. […]

La presencia misma de la pieza musical hace que el devenir de la vida, el fluir de aquella cosa indefinible que llamamos tiempo, se nos haga evidente: “El tiempo es el pasar de lo pasajero… El tiempo permanece en cuanto pasa…”. Tiempo que puede aparecer, gracias a la materialidad revelada en la música en cuanto arte, en toda su consistencia y movimiento. […]

Cuando un músico o un auditor experto pregunta por la obra musical, claramente no se interesa sólo por trazos más o menos dimensionales sino por el conjunto de ellos y su sentido, por su carácter alegórico y simbólico. Es lo que en análisis musical se llama el sentido de la obra. Lo que está allí pudiendo no estar. […]

Jamás estaremos ciertos del límite de la obra o de poder asumir la entera dimensión de la misma. El devenir del ente se nos sustrae, apareciendo para iluminar aquí y allá aspectos de una verdad que nos remite a la vida.»

Transformación de un fragmento del texto La obra de arte musical: hacia una ontología de la música, de Jorge Martínez Ulloa.

Imagen: Swerve, © Rohan Reilly

La teleología del lenguaje

Recuerdo cuando, hablando con una amiga, quise transmitirle la idea de que, independientemente de la distancia entre nosotros, entre cualquier par de personas, siempre existiría una una separación de clase cualitativa. Uno está solo con sus pensamientos, y limitado, encerrado dentro de su cuerpo por más que intente acceder al otro.

Es posible preguntarse si encontramos las cosas porque las buscamos activamente o si, por el contrario, con cada nuevo interés se nos cae una venda que nos permite acceder a lo que siempre tuvimos delante. El caso es que fui a dar con el siguiente párrafo que es exactamente lo que pretendría decirle. Oh, bueno, ya que estamos, ¿es el hombre un sujeto autónomo que se desplaza por el mundo, o está la vida de un hombre compuesta por una concatenación de hechos?

Ante mi torpeza, la mejor respuesta posible fue una caricia.

«Para los demás, uno mismo sólo es un objeto. Se es el objeto de la mirada del otro. Y esto produce un sentido de alienación y separación de los demás que a uno le gustaría poder superar, lo que no es posible. Cada individuo está definitivamente solo en el mundo. Esto también significa que no es posible reconocer la libertad de los otros. El principio de que los demás deben ser tratados con respeto y como fines en sí mismos no se puede llevar a cabo, y debe vivirse con el conflicto resultante.

Si la propia perspectiva de los demás es limitada y restringida, en cambio, el concepto del yo queda absolutamente libre de trabas.»

Fragmentos sobre Sartre. David Papineau, Filosofía.

Englaborn

El lenguaje —sé que la repetición del término será agotadora a lo largo de este texto, mas no he encontrado un sinónimo apropiado— se encuentra profundamente entrelazado con nuestra consciencia, en una relación simbiótica que hace de ambos conceptos difícilmente imaginables como cuerpos separados; su existencia disociada parece consistir únicamente en que son nombrables.

«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo»

¿Podemos interpretar esa sentencia de forma arbitraria sin leer a su autor —es decir, ignorando parte del contexto, (algo que luego será más importante)—?. Lo que quiero decir es: ¿sería correcto pensar que la expansión de “nuestra” comprensión del lenguaje propicia la expansión de nuestra consciencia del mundo, como durante largo tiempo he creído?

Éso ocurriría si el lenguaje fuese una herramienta al servicio de la consciencia. Pero, ¿puede asegurarse tal cosa? ¿No puede ser el hombre un subproducto de la existencia del lenguaje?

El lenguaje existe desde el momento en que en el mundo físico existen las cadenas causales en el tiempo. Acción-reacción.

Conforme se desarrollan estructuras cada vez más complejas, y se llega a los organismos vivos, el lenguaje se vuelve un conjunto de normas cada vez más complicadas donde la sintaxis, la estructura de la información, no es ya reducible a sucesiones cortas —esto es algo relativo pero se entiende— de interacciones de la materia.

Desde la fuerza de oposición de un material al intentar ser penetrado por otro —con lo fascinante que ello pudiera ser ya de por sí aunque lo demos por obvio como tantas otras cosas fascinantes que ocurren “porque es así”— se asciende en una espiral de complejidad donde aparecen lo que nosotros percibimos a cierto nivel como los sistemas de comunicaciones de los organismos vivos. “Pequeños” ocelos, “primitivos” sensores químicos o de presión que permiten a los seres unicelulares recabar la información suficiente para llevar a cabo sus dos funciones motoras externas principales: la aproximación o el alejamiento de estímulos deseados o indeseados desde el punto de vista de la función autopoiética1.

Con la interacción en el tiempo del código genético de los individuos unicelulares con un entorno poblado de sus copias (a través de las máquinas que crea —las células—, aún cuando hubiese una variación “insignificante” en cada una que la determina como individuo a nuestra percepción), da lugar a los seres pluricelulares.

Aparecerán nuevos sistemas de comunicación que emplearán códigos o sintaxis de complejidad creciente en entornos que se hacen más ruidosos conforme aumentan las posibilidades de movimiento del “individuo pluricelular”. Al aumentar la cantidad de dimensiones y hábitats en las que un individuo puede desplazarse, aumenta la competencia y la cantidad de ruido que interfiere en la comunicación. El ruido que todo lo une.

Reseñable es el hecho de que la interacción de los individuos genera, en cada nivel, la existencia de un nivel superior que puede ser entendido en ese punto como el organismo o ser vivo social que emana del escalafón que estábamos observando.

El sistema social, como ser vivo, habita en un mundo construido por normas; el mundo del lenguaje. No es tan distinto del mundo que coloquialmente se entiende por físico. ¿Qué dice ésto acerca de éste?

Del mismo modo que el adn utiliza a las células para replicarse, el lenguaje, en cada nivel, y de forma aún más abstracta siendo el adn una de sus múltiples formas de implementación, utiliza a los seres vivos para mantener su existencia.

Hablo del lenguaje como ser vivo entendiéndolo como una categoría abstracta; una idea absolutamente genérica. Relajando nuestro nivel de abstracción puede observarse cómo las diferentes implementaciones de la idea de lenguaje, en el entorno humano al menos, compiten entre sí por su perpetuación en el tiempo y propagación en el espacio.

Es una idea omnipresente el que no puede haber “libertad” “sin libertad de pensamiento”, lo que erróneamente —y éste asunto constituye el eje del presente artículo— puede ser transformado en “sin libertad de uso del lenguaje”. Mal entendido, pudiera ser una manipulación que responde a una causalidad involuntaria —como todo, alguno dirá; y no sin conocimiento, en mi opinión—. La primera, idea que puede moldearse para propósitos como el de respaldar movimientos nacionalistas: la protección de “lo propio” exige que exista una barrera poderosa cual membrana plasmática que “nos libere del colonialismo cultural” (no hago una crítica; me limito a exponer, exponer lo que quiero, claro). Éstas membranas dan de comer a un montón de personas que se interponen entre las masas sociales extrayendo energía del gradiente que se genera al polarizar a la sociedad. La polarización social es el fundamento de todas las grandes transacciones económicas de la historia, y da de comer a las mayores industrias, ya sean bélicas o de ocio.

La gran pregunta es, ¿puede haber libertad, si hacemos uso de un lenguaje que existe como producto de una interacción social?

El lenguaje que utilizamos, en sus múltiples manifestaciones, no es más que un conjunto de particularizaciones que han evolucionado para adaptarse a una realidad ocupada por un organismo social y sus intereses no necesariamente son los del individuo que existe como un fragmento operativo de él. No parece existir mucha diferencia entre los orgánulos constituyentes de la gran factoría que es una célula y el ser humano consituyendo el lenguaje y la sociedad. Nuestro pensamiento utiliza un lenguaje que ha sido decidido colectivamente y es un proceso fuertemente realimentado. ¿Qué podemos esperar de nuestra libertad, si sus cimientos son un esquema de pensamiento creado por otros? Recordemos que el lenguaje no es sólo un vocabulario, es toda una colección de reglas de construcción sintácticas. Un conjunto de pautas de construcción del pensamiento cuyas limitaciones difícilmente pueden ser exploradas desde el interior.

¿Qué hacer, entonces? No podemos negarnos a utilizar el lenguaje, primero porque una negación requiere del conocimiento de lo que se está negando (y el manejo requerido del lenguaje moldea el cerebro de tal modo que no se puede volver atrás), y porque “negar” es un proceso comunicativo y, como tal, evidentemente, requiere del uso del lenguaje. Por si fuera poco está el hecho de que renunciar a nuestra hipotética relación simbiótica con el lenguaje nos expone a la buena voluntad de los demás seres humanos.

Escudándose en el aroma de la libertad, a diario somos bombardeados con miles de mensajes indeseados acerca de cómo deberíamos orientar nuestra existencia; en qué deberíamos invertir nuestros recursos. Sabemos que todos y cada uno responden en realidad a intereses de terceros, aún cuando en su egoísmo nosotros también pudiésemos salir beneficiados. Tal avalancha inunda nuestros canales de comunicación y es una poderosa forma de censura, aunque no fuese, en principio, coordinada activamente desde un organismo de gobierno y responda al devenir descrito por las leyes naturales a un nivel más “impersonal”. ¿Sería conveniente permitir o solicitar cierto grado de censura para permitir la libertad de pensamiento en un mundo donde todo, incluso el lenguaje, parece existir con la única finalidad de nivelar gradientes de entropía, dejando a las ideas morales como un efecto coyuntural relativo al contexto y necesario para la coherencia del ser social que lo habita?

Cómo pensar que el lenguaje permite acceder a las verdades del mundo. Los juicios emitidos en base a un lenguaje local, ¿deberían ser admitidos como juicios absolutos sobre la calidad de algo? —nótese que pudiera existir cierto abuso en ésta última frase, lo que queda planteado como ejercicio al lector—

Bajo otros esquemas de pensamiento, aún cuando las leyes físicas sean invariantes, las reglas de construcción sintáctica, aún respondiendo su existencia a la misma causalidad física, bien pudieran ser diferentes. Y por ello pudieran serlo los criterios de valoración. Los juicios morales quedarían relegados a meras permutaciones de constructos lógicos si ignoramos el marco de actuación donde creció cada lengua —nótese el uso de lengua humana como particularización del fenómeno del lenguaje—.

Cabe preguntarse si es posible dar con un esquema común a todo lenguaje —que tal vez sea la propia físca o la lógica de la naturaleza— que permita dilucidar si una sentencia es categorizable objetivamente, es decir, con independencia del entorno social y adherida únicamente al mundo como escenario indivisible.

Hablar de lenguajes locales implica caer de nuevo en el error que caracteriza al uso del lenguaje: la particularización de lo que no es divisible, para permitir cierto grado de procesamiento de la información. Siempre que tratamos de emitir un juicio, una valoración sobre algo, estamos, invariablemente, renunciando a parte del (resto del) contexto y, por ello, renunciando a parte de la información necesaria para dar con una respuesta completa.

La música es una de las formas del lenguaje que, pese a existir también en un subespacio gobernado por reglas de existencia, puede liberar a la mente de cierta carga y, si su existencia cae dentro del espacio de lo artístico y no es un lazo de control social más, o, al menos, no de forma absolutamente descarada —hagamos alguna concesión a lo particular, por favor—, nos otorga la ilusión de permitir que llenemos el espacio con nuestra mera existencia, dejándonos en contacto con nosotros mismos, devolviénosos por unos momentos a ese mundo onírico que a veces contruímos para dar un hogar a nuestros anhelos. Podríamos pensar, por unos instantes, aun seguramente con cierta incoherencia, que el contexto, el lenguaje, crea al hombre, para luego destruirlo mediante la incomunicación.

1«Según Maturana y Varela son autopoiéticos los sistemas que presentan una red de procesos u operaciones (que los definen como tales y los hacen distinguibles de los demás sistemas), y que pueden crear o destruir elementos del mismo sistema, como respuesta a las perturbaciones del medio. Aunque el sistema cambie estructuralmente, dicha red permanece invariante durante toda su existencia, manteniendo la identidad de este. Los seres vivos son en particular sistemas autopoiéticos moleculares, y que están vivos sólo mientras están en autopoiesis.»

Acerca de la imagen.

La elegancia de la arquitectura de control social

«Si una estructura de alambre se introduce en una cubeta con agua jabonosa y después se saca con cuidado se obtiene una fina película de jabón, una gran pompa con una particularidad: no existe otra superficie que tenga un área menor para la estructura dada.

Dos son las características de estas superficies mínimas que las hacen ideales para la construcción de cubiertas arquitectónicas: en primer lugar, es evidente que, al ser la superficie mínima, también lo es su peso [suponiendo espesor invariante en toda la estructura, claro está], lo que permite desarrollos de gran ligereza. En segundo lugar, la tensión superficial en estas formas está completamente equilibrada (como ocurre en las pompas de jabón), lo que dota a las construcciones de gran estabilidad.

Munich olympic stadium

La cubierta del Estadio Olímpico de Munich, que cubre y unifica el estadio, las pistas y las piscinas, fue un hito en la utilización de estas técnicas por la enorme escala a la que se aplicaron.

Pero no son las cuestiones técnicas lo primero que llama la atención sobre estas estructuras: ante ellas uno cree encontrarse ante algo “natural”. Alejadas de las rígidas pautas ortogonales de la arquitectura moderna, las superficies mínimas presentan formas orgánicas de una elegancia extraordinaria. Es la elegancia que el ojo descubre en lo que, lejos de imponerse al medio, se adapta a él.»

Pensaba redactarlo yo mismo, pero me he tomado la libertad de copiar y pegar éste fragmento de Epsilones, Estadio olímpico de Munich. Me siento en la obligación de avisar de que, en éste post, este fragmento ha sido utilizado para motivos ideológicos independientes de dicho sitio web.

«Se conoce como totalitarismos a las ideologías, los movimientos y los regímenes políticos donde la libertad está seriamente restringida y el Estado ejerce todo el poder sin divisiones ni restricciones (de un modo mucho más intenso, extenso y evolucionado que el teórico poder absoluto de las monarquías del Antiguo Régimen).

Los totalitarismos, o regímenes totalitarios, se diferencian de otros regímenes autocráticos por ser dirigidos por un partido político que pretende ser o se comporta en la práctica como partido único y se funde con las instituciones del Estado. Estos regímenes, por lo general exaltan la figura de un personaje que tiene un poder ilimitado que alcanza todos los ámbitos y se manifiesta a través de la autoridad ejercida jerárquicamente.

Impulsan un movimiento de masas en el que se pretende encuadrar a toda la sociedad (con el propósito de formar un hombre nuevo en una sociedad perfecta), y hacen uso intenso de la propaganda y de distintos mecanismos de control social y de represión

Wikipedia, Totalitarismo.

Los mayores fraudes siempre vienen envueltos en papel de regalo. Se trata de camuflar, en un disfraz de bondad y ejemplo, una arquitectura de control social para que las masas la hagamos nuestra, la idealicemos, y vivamos —y muramos, a poder ser— por ella.

Es el paradigma del sistema económico dominante. Cada mercancía moderna, elegantemente mecanizada, oculta tras de sí un rastro de transacciones económicas que rara vez están libres de injusticias. Después de todo, todo beneficio económico parte de una asimetría de energía potencial. Esto es; una injusticia.

Un bonito envoltorio y una depurada interfaz nos hacen olvidar y restar importancia a las míseras y/o inexistentes expectativas de vida de los esclavos modernos que trabajan para nuestro consumo, la degradación del medio y la deslocalización del trabajo.

El cuestionamiento, bien de la idoneidad de comulgar con dicha arquitectura, bien de la dignidad de su propósito, siempre es respondido con las mismas tácticas. Éstas son el chiste, la finta, la exaltación irracional y espontánea de los mismos símbolos totalitarios que se ponen en entredicho. La ocultación y el rechazo, mediante el desprecio de lo que no se comprende.

Es sorprendente cómo adultos plenamente desarrollados, con amplia formación universitaria y gran inteligencia, son sometidos con las mismas artimañanas con las que se puede engañar a un niño. ¿Cómo puede ser ésto? Bien, el arte de la manipulación no se basa en el dominio del lenguaje racional por parte de los medios de comunicación para la persuasión de su público. Ésa batalla la tendrían perdida con cierto sector de la sociedad, la élite intelectual por así llamarlo, desde su mismo plantemiento.

El engaño masivo se sirve de medios más sutiles, y para ello necesita de otras vías. Se orquesta atentando contra las capas más profundas del cerebro humano, esas que evolutivamente precedieron a la razón, y que dominan cada aspecto de nuestra existencia. Implantando la semilla en el núcleo de los sentimientos, uniendo por condicionamiento las ideas totalitarias a los sentimientos de pasión, aceptación social, pertenencia a algo, éxito —concepto que se define por consenso en cada era y lugar—, etc, etc.

Aquéllos cuya vida no tiene un propósito fuera del grupo, aquéllos que no existen como individuos sino como un engranaje más del sistema totalitario, son los primeros en lanzar un patético ataque ante todo atisbo de libertad de pensamiento, lo que delata su debilidad y su dependencia. Patético en su forma y propósito, que no necesariamente en su intensidad.

Nunca, en la historia, ha habido carencia de sujetos dispuestos a sacrificar su individualidad con fervor para defender unos símbolos que dotan de un pobre sentido a su vida. Cualquier actitud divergente será públicamente insultada o desprestigiada por las mismas víctimas del engaño, ya sea por los medios de comunicación o por aquellos seres más cercanos que no son conscientes de haber ejecutado la más elevada de las traiciones. La traición a uno mismo: la sumisión.

Por supuesto, tal traición puede existir sólo en el caso de que se cuente con algún valor distinto y no reducible a la mera adaptación a las circunstancias, a la sombría perspectiva de plantearse la vida como un camino adaptativo en el que la única finalidad es el aprovechamiento de los recursos para el supuesto progreso personal. Si dichos valores no existen, no podremos hablar nunca de sumisión, sino de un individuo que ha nacido muerto.

No sé si sería acertado hablar de ejemplos de totalitarismos contemporáneos. Tal vez sea debido a la llamada globalización, o tal vez sea una característica implícita del término, el caso es que todas las estructuras de control parecen ser piezas de un conglomerado mayor destinado a subyugar las mentes de los hombres. Hombres que no dudarían en pisar cada una de estas palabras. La forma más fácil, como he dicho, es mediante el chiste o las sentencias indemostrables, esas que fulminan todo intento de diálogo.

¿Cómo reconocer un fraude?

Bien, antes de nada, recordar que en creer que uno es —hasta cierto punto, al menos— libre de pensamiento (tal vez, la única libertad digna de llamarse así), recae nuestra mayor debilidad.

Dicho ésto podría resumir que, los fraudes a escala social, suelen estar erigidos en piedra, hormigón y acero. Haciendo alguna concesión a mi falta de argumentación a continuación, podría pensarse, incluso, que la arquitectura y la ingeniería mal dirigidas son disciplinas totalitarias por naturaleza.
“La verdad”, un concepto en realidad no tan abstracto dado que es pisoteado día tras día, por el contrario, suele estar o bien en el limbo del pensamiento, o, como mucho, torpemente escrita en papel. No es sólo una cuestión de que la verdad no necesita más medios para ser defendida y sobrevivir al tiempo, porque es evidente y, por fuerza, emergerá por naturaleza en algún momento, como lo hicieron hace millones de años aquellos supuestos organismos de la sopa primigenia. O de comodidad, dado que la verdad parece ser una actitud de búsqueda y aproximación a La Naturaleza y no una meta claramente definida y fácilmente encapsulable en un número arbitrario de páginas. También es una cuestión de recursos. Los esclavos, son (somos) todos.

La libertad siempre es áspera en su superficie.

Quisiéramos ser libres en toda su definición. Diríase que, hablar de grados de libertad, es una contradicción semántica. No obstante, seamos sinceros, la única libertad real a la que podamos aspirar —a estas alturas sería una excelente señal que te planteases si éstas mismas palabras, no son un fraude empotrado en un texto supuestamente crítico— tal vez sea la consciencia de que nunca palparemos todos nuestros barrotes. Ni siquiera los de nuestra capacidad de cuestionamiento. Parece verosímil que dichos barrotes habitan dimensiones conceptuales de un mayor rango del que podemos soñar.

Anunciado ésto, quiero advertir, también, que la libertad, como todo producto del mercado (!), tiene un precio. La transición se cobra el peaje emocional más elevado que un ser humano podría pagar exceptuando su propia vida. Y no voy a decir cuál es, si te sientes, como yo, libre, lo sabrás.

De la servidumbre moderna 470

«Ante la devastación del mundo real, es necesario para el sistema colonizar la conciencia de los esclavos. Es por eso que el sistema dominante ha decidido enfocarse en la disuasión que, desde la más pequeña edad, cumple el papel preponderante en la formación de los esclavos. Ellos deben olvidar su condición servil, su prisión y su vida miserable. Basta con ver esa muchedumbre hipnótica, conectada a las pantallas que acompañan su vida cotidiana. Ellos disfrazan su insatisfacción permanente con el reflejo manipulado de una vida soñada, hecha de dinero, de gloria y de aventura.

Pero sus sueños son tan lamentables como su vida miserable.

Hay imágenes para todo y para todos. Esas imágenes llevan en sí el mensaje ideológico de la sociedad moderna y sirven de instrumento de unificación y de propaganda. Se multiplican a medida que el hombre es despojado de su mundo y de su vida.

Es el niño el primer blanco de esas imágenes. Hay que volverlos estúpidos y extirparles toda forma de reflexión y de crítica. Todo ello se hace, claro está, con la desconcertante complicidad de sus padres, quienes han desistido ante el impacto de los medios modernos de comunicación. Ellos mismos compran todas las mercancías necesarias para la esclavización de su progenie. Se desentienden de la educación de sus hijos y se la dejan al sistema del embrutecimiento y de la mediocridad.

Hay imágenes para todas las edades y para todas las clases sociales. Los esclavos modernos confunden esas imágenes con la cultura y, a veces, con el arte. Se recurre constantemente a los instintos más bajos para vender cualquier mercancía. Y es la mujer, doblemente esclava en la sociedad presente, la que paga el precio más alto.

Ella es presentada como simple objeto de consumo.

La rebelión ha sido también reducida a una imagen desprovista de su potencial subversivo.

La imagen sigue siendo la forma de comunicación más directa y más eficaz: crea modelos, embrutece a las masas, les miente.

Les infunde frustraciones y les insufla la ideología mercantil. Se trata, pues, una vez más y como siempre, del mismo objetivo: vender, modelos de vida o productos, comportamientos o mercancías, vender no importa qué, pero vender.»

De la servidumbre moderna.

Fronteras de la percepción

¿Qué percibimos realmente durante el proceso de dar forma a una imagen mental de nosotros mismos? ¿Puede un sistema, exclusivamente mediante comparación y conjugación de elementos internos disociados arbitrariamente, discernir algo acerca de lo que hay fuera de él?

Cabe ahora preguntarse: ¿es esta cuestión siquiera extensible al proceso que se atribuye a la idea de mente?

¿Cuáles son los límites de la autopercepción, si es que la existencia de tal cosa no entra en contradicción con la lógica?

«Has escuchado esa voz por tanto tiempo que crees que eres tú. Te crees que es tu mejor amigo. […] Él está aquí arriba, pretendiendo ser tú. […] Todo el mundo está en su juego, y nadie lo sabe. Todo esto… esto es su mundo, él lo posee. Lo controla. Te dice qué hacer y cuando hacerlo. Está detrás de todo el dolor que ha habido jamás. Detrás de cada crimen cometido. Y justo ahora te está diciendo que él ni tan siquiera existe. Te hemos puesto en guerra con el único enemigo que existe. Y tú… tú crees que es tu mejor amigo. Le estás protegiendo.»

«Personalmente creo que es un aspecto de nuestro interior que se debería trabajar mucho más, pues es la sociedad en nuestra cabeza, el Sistema en nuestra cabeza: estamos encarcelados por él, por sus miedos, por su competición, por su comparación eterna, por el orgullo y la aprobación ajena. Creo que para ser libres primero hemos de liberarnos de él.»

Los fragmentos entre comillas; en un mensaje perdido por la red.

Los subtítulos se controlan con el botón “CC” (debería aparecer, al menos, una vez iniciada la reproducción).

La insoportable levedad del ser

«No sé qué habría respondido Lucio Fontana (1899-1968) si le hubiesen preguntado que de dónde era. Quizás habría dicho que era de Argentina, pero que pasó gran parte de su vida en Italia. Tal vez contestaría que era de Italia, pero que nació en Argentina. O a lo mejor diría que él era únicamente una forma en el espacio.»

Fragmento: Lucio Fontana y el Espacialismo..

Lucio fontana

«El mito del eterno retorno viene a decir que una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror, esa elevación o esa belleza nada significan. No es necesario que los tengamos en cuenta, igual que una guerra entre dos Estados africanos en el siglo catorce que no cambió en nada la faz de la tierra, aunque en ella murieran, en medio de indecibles padecimientos, trescientos mil negros.

¿Cambia en algo la guerra entre dos Estados africanos si se repite incontables veces en un eterno retorno?

Cambia: se convierte en un bloque que sobresale y perdura, y su estupidez será irreparable.

Si la Revolución francesa tuviera que repetirse eternamente, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre. Pero dado que habla de algo que ya no volverá a ocurrir, los años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo. Hay una diferencia infinita entre el Robespierre que apareció sólo una vez en la historia y un Robespierre que volviera eternamente a cortarle la cabeza a los franceses.

Digamos, por tanto, que la idea del eterno retorno significa cierta perspectiva desde la cual las cosas aparecen de un modo distinto a como las conocemos: aparecen sin la circunstancia atenuante de su fugacidad. Esta circunstancia atenuante es la que nos impide pronunciar condena alguna. ¿Cómo es posible condenar algo fugaz? El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina.

[…]

Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. […]

Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.

¿Pero es de verdad terrible el peso, y maravillosa la levedad?

La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.

Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.

Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad?

[…]

Lo que sólo ocurre una vez es como si no hubiera ocurrido. La historia de los checos no se repetirá por segunda vez, la de Europa tampoco. La historia de los checos y la de Europa son dos bocetos dibujados por la fatal inexperiencia de la humanidad. La historia es igual de leve que una vida humana singular, insoportablemente leve, leve como una pluma, como el polvo que flota, como aquello que mañana ya no existirá. Tomás se acordó una vez más, con cierta nostalgia, casi con amor, del alto y encorvado redactor. Aquel hombre actuaba como si la historia no fuese sólo un boceto, sino un cuadro terminado. Actuaba como si todo lo que hacía tuviera que repetirse incontables veces en un eterno retorno y como si estuviera seguro de que nunca dudaría de lo que había hecho.

Estaba convencido de que tenía razón y no creía que eso fuera un síntoma de limitación mental, sino un signo de virtud. Aquel hombre vivía en una historia distinta de la de Tomás: en una historia que no era un boceto. O que no sabía que lo era.»

Fragmentos: Milan Kundera. La insoportable levedad del ser. El eterno retorno.