«Quizás nunca haya un hombre leído tanto, estudiado tanto, meditado más, y escrito más que Leibniz... Lo que ha elaborado sobre el mundo, sobre Dios, la naturaleza y el alma es de la más sublime elocuencia.
Cuando uno compara sus talentos con los de Leibniz, tiene la tentación de tirar todos sus libros e ir a morir silenciosamente en la oscuridad de algún rincón olvidado.»
«Leibniz emplea una expresión muy curiosa que se ha vuelto célebre: "las mónadas no tienen ventanas". Es decir, las mónadas no se comunican con otras mónadas, no tienen comunicación con el exterior, con el mundo, del que sin embargo forman parte. Y ello porque, de alguna manera, el "exterior" ya está incluído en ellas. [...]
A partir de cada una podría deducirse el conocimiento acerca de todo, tanto de lo pasado, lo presente y lo futuro. Dicho con otras palabras: cada mónada pliega o contiene dentro de sí el infinito, aunque su despliegue no sea el infinito sino su mera existencia finita. [...]
La comunicación de todas las substancias que componen el mundo está garantizada por la presencia universal de este mundo en todas ellas.
[...]
Podría decirse que "todo está en todo" o que "todo conspira con todo". Nada sucede fuera de una mónada que no esté ya de algún modo dentro, y por ello todas las cosas, en su mismo mundo, concuerdan entre ellas.
Hay un verso de Leibniz que dice: "Particula in minima micat integer orbis", es decir, "en la partícula más pequeña se encuentra reflejado el universo entero".»
Fragmento, páginas 104-105 de
Leibniz. Vida, obra y pensamiento. Tomo 32 de la colección
Grandes Pensadores, distribuída por el periódico
El Mundo allá por 2007-2008.
Algunas de las ideas de Leibniz, como la aquí expuesta, constituyen un inusual compromiso entre exquisita elegancia y severa profundidad, más allá de la idoneidad del lenguaje con el que fueron transcritas o posteriormente traducidas. Es difícil hacerles justicia con un comentario. Es curioso cómo existen ideas poderosas que no necesitan de muchos versos para ser compartidas.
Una vez interiorizadas, se muestran intermitentemente como algo evidentemente cierto y hermoso, que, aunque tal vez resulta incompleto, incluso «accesorio para nuestros corazones», es de una belleza fría y sobrecogedora.
Es bien visible su sentimiento matemático del mundo, en cuanto a que utiliza la mónada como contenedor para explicar una percepción axiomática —ahora no encuentro una definición más precisa— de La Realidad™. Una realidad trascendente que contiene, junto a todo lo demás, la totalidad de los sueños, deseos, conjeturas y aspiraciones de la humanidad.
La mónada es interesante porque supone otro medio para la negación de la vulgaridad del concepto de lo material; el recuperar la ilusión y volver a maravillarnos por el mundo en que vivimos, al que podemos mirar ahora desde esa perspectiva trascendente. Resulta una transformación de las ideas de Descartes acerca de la glándula pineal, pero ya no hablamos de una interfaz entre la res extensa y la res cogitans, sino de «la unidad» de ambos conceptos (y finalmente, incluso un paso más allá), y no «sólo» de ambos mundos —algo que igualmente seria maravilloso, a su modo—. La mónada tampoco representa la conexión de todos los elementos y todos los seres del universo con independencia de sus coordenadas espacio-temporales, sino la unidad misma de todos ellos, como seis cuadrados unidos por las aristas adecuadas constituyen un cubo o hexaedro regular y pueden, por tanto, observarse como manifestaciones de una geometría de dimensión superior. Es una diferencia ciertamente sutil.
Una definición «visual» para poder digerirla podría ser la siguiente: una infinitesimal «esfera» —de la que no cabe ya distinción entre física o metafísica— engendrada por y para portar la estructura completa del universo en forma de unas ecuaciones inescrutables, salvo a través de sus manifestaciones colectivas en el mundo que ellas mismas constituyen.
Nótese que la búsqueda de la unidad, de la unificación, es, en última instancia, la aspiración del hombre en los diversos campos del saber... y de la vida (las relaciones). Tal vez por ello nos resulte atractivo. Hay algo que nos impulsa por éste camino.
Lo único doloroso para nosotros, seres curiosos, es que se alza como la última frontera del pensamiento, verdaderamente impenetrable. Preciosa y enigmática como una pompa de jabón, que no permite que nada se introduzca en su interior —salvo, hasta donde yo «sé», la gravedad y una parte del espectro electromagnético. Bueno, y ésta otra cosa. Y no sobra recordar que, si la rompes, ya no es una pompa de jabón— mientras nos deslumbra impasible con su caótica coloración.
En base a lo poco que he leído, Leibniz es extenso y en múltiples ocasiones aparece excesivamente enrevesado con sus ideas, tal vez fruto de un gran entusiasmo por salvarlas sobre el papel a costa de depurarlas un poco más para el resto de los mortales. No sé si a algunos nos ha acercado un poquito más a la felicidad (todo lo que emprendemos las personas tiene ésto por objetivo, aún cuando aparente no llevar a ninguna parte, como este blog que estás leyendo) —aunque, todo hay que decirlo, creo que en el mundo actual razonar acerca de la idea de mónada no es un ejercicio sólo para un genio autónomo sin acceso a fuentes de información, a poco que se cuente con un mínimo de interés por el mundo. Las ideas que expuso Leibniz pueden comenzar a desfilar también ante nuestro intelecto, y aún más con la ingente cantidad de información disponible sobre física y sobre el pensamiento— pero sin duda nos ha dado algo más en qué pensar —algo digno de admiración, suponiendo que pensar es una actividad positiva en el sentido de que otorgue alguna recompensa emocional—.
Tal vez ahora puedas desplazar la mirada y observar todo desde otro punto de vista, participar de la visión del mundo que tuvo Gottfried Wilhelm von Leibniz hace cuatro siglos. Gracias al regalo del lenguaje. Pero según todo lo que acabas de leer, la percepción del paso del tiempo es sólo una ilusión, sólo otra manifestación, de aquella exótica entidad.
Para finalizar, quiero rescatar unas palabras de un post muy recomendable de El departamento de Criptoacústica:
«Se puede decir por lo general que la vida es absoluta oscuridad iluminada por los destellos puntuales de esos grandes momentos.
Vivimos por y para esos destellos.»
Fuente de la imagen.