Lo que viene a continuación es algo que llevaba meses deseando publicar. Por fin me he decidido a escribirlo, no sabía muy bien cómo hacerlo. Me resulta difícil transcribir los sentimientos de un modo tal que puedan ser fielmente reconstruídos por alguien a varios centenares o miles de kilómetros de distancia. O siquiera a unos centímetros. Como sea, espero que la aproximación sea razonable.
Me gusta construir historias. Salir acompañado a hacer fotos es muy divertido y estimulante. En especial con alguien que te entiende y que tiene otra cámara réflex. ¡Incluso tu mejor amigo puede mostrarse algo nervioso si no comparte tu afición!. Pero salir sólo es diferente. Es raro dar un paseo sólo, suena poco atractivo, absurdo. Pero, para mí, tiene su encanto en dosis moderadas. Trataré de explicarme:
Salir a pasear sin objetivos, alejarme de todo, de todos los problemas, de todas las conversaciones estúpidas, de todos los conflictos que no entiendo ni quiero entender. La libertad de ir a donde me plazca, de explorar, de abandonar la partida durante unas horas. Sin dar explicaciones a nadie. Porque sí, porque estoy aquí y lo he decidido. Sin presión ni necesidad de conseguir ni justificar nada. Tal vez la cámara sólo sea una excusa, una válvula para sentirme cómodo, para descansar. Da igual. Sentir el momento, el ritmo de tu respiración. Tomarte un tiempo para ser un testigo anónimo de otras vidas. La libertad de mirar sin juzgar ni cuestionar, y de pasar desapercibido. De tomar lo que puedas y desaparecer.
De arrancarle una sonrisa a la perdición. Participar de algo que no te corresponde. Esperar a que algo ocurra y lo cambie todo. Pero tampoco importa; se está tan a gusto así... no quiero nada, me sobra todo.
Coger delicadamente la cámara, con mucho mimo pues esperas que sea tu fiel compañera durante muchos años. Te importan una mierda los megapíxels, la relación señal-ruido, los tonos dominantes, la aberración cromática, los frames por segundo... La máquina ha demostrado con creces su valía cuando fue preciso y confías en ella. Lo único trascendente es lo que tú sientes, o lo que tú quieras llegar a sentir. La limitación no está en la herramienta sino en tu sensibilidad. Pero sólo cuando se domina la técnica comienza la creatividad, cuando el instrumento se funde con tu sistema nervioso.
Centrar tus pensamientos en alguien, o en algo.
Dedicarle un tiempo, tratar de entenderlo y de apreciar su belleza. Asimilarlo y convertirlo en un sentimiento. Ajustar la abertura del objetivo, el tiempo de exposición y el balance de blancos; casi por instinto. Medición puntual... ¿al centro?... no lo sé, no sé si importa siquiera, estoy hipnotizado. La focal es fija; toca moverse. Con confianza.
Sé cuándo voy a conseguir una buena foto. Y sé por qué no soy fotógrafo: descubrí que sólo hago buenas fotos cuando
me enamoro, aunque sólo sea un poquito, de las formas. Enamorarte de lo que tienes justo delante, a unos pocos metros. Ésa es la diferencia entre almacenar el estado de carga eléctrica de 12+ millones de sensores en un dispositivo de memoria, y dibujar un sentimiento.
El presente, el instante en el que el futuro se une con el pasado. No lo entendemos, pero podemos capturar parte de su esencia.
Hace meses que no construyo el tipo de fotografía que a mí me gusta. Me gusta lo que tiene intensidad, no importa que me excite o me intente destruir,
puede que sea lo más cerca que nunca estaré de la felicidad. Hace tiempo que no encuentro eso que marca la diferencia, pero sé que es pasajero. Soy un coleccionista de momentos preciosos y sé que volveré a encontrarlos y a tener
la oportunidad de capturarlos. Como siempre ha sido, sólo hace falta estar atento y tener un dedo cerca del disparador.
No tengo un álbum de fotos. Tengo un álbum de sentimientos, por tonto que suene. Algunos los escondo, no quiero revivirlos, ni enseñarlos. Pero me da miedo deshacerme de ellos, de tirarlos al fuego, de arrepentirme.
Otros los comparto con ilusión, con las personas que quiero.
No hago buenas fotos. No tengo formación fotográfica ni un equipo espectacular. No la deseo, seguiré mi propio camino, aprenderé por mi cuenta, como siempre he hecho. Tengo la ilusión, es mi historia.
Somos nuestra memoria. Revisando antiguas tomas, uno se da cuanta de que sus imágenes preferidas, las que le hacen palpitar, las que tienen poder para cambiar tu estado, no son las que esperaba. Lo que en su momento pareció imperfecto, meses o años después parece cargado de una elegancia, un cariño y un brillo renovados.
Según pasan los años descubres que lo más bonito que has hecho es aquello que en su momento no pareció contar.
Intentar hacer cada día algo que no cuente, para sentirte libre.
No sé si he logrado conectar un poquito contigo, a veces tengo la sensación de ahogarme en mis propios sentimientos. Debe ser por eso que me gusta La Fotografía, en el modo en que yo la comprendo.
No sé en qué punto el estilo de este blog empezó a devaluarse hasta la vergonzosa situación actual, pero es que ya no sé si puedo escribir con otro tono, porque es el que a mí me llama la atención y me engancha.
En cuanto a la imagen que acompaña a esta entrada, ha salido de aquí.