«Siempre se ha creído que existe algo que se llama destino, pero siempre se ha creído también que hay otra cosa que se llama albedrío. Lo que califica al hombre es el equilibrio de esa contradicción.»
Del conocimiento, o, al menos, de la exploración del pensamiento, puede surgir la tesitura de tener que vivir en perturbadora contradicción con las propias ideas acerca del mundo. Al igual que le ocurría a Bertrand Russell con el problema del libre albedrío. No conozco otra solución que la de compartimentarse, acaso escudándose en la duda razonable acerca de cada una de esas incómodas —y, para alguno, terroríficas— conjeturas, por sólidas que se nos muestren, o mitigar sus efectos mediante el diálogo con personas afines a tu sentimiento —ésto es, en mi opinión, lo máximo a lo que se puede aspirar—.
En otro caso la vida puede ser una auténtica tortura.
Todo lo que fundamenta y mantiene viva nuestra sociedad se desmoronaría ante nuestro pensamiento, no parecería más que una burla, una obra de teatro donde nadie ha elegido su papel y donde nadie debería ser recriminado (obviamente por unos hipotéticos espectadores, desde fuera del escenario) por su actuación. Todos los discursos, todas las ofensas, todos los juicios y todos los momentos de felicidad se verían como un insulto para una supuesta, idealizada, razón pura e independiente de las «ataduras de la materia», de la biología del hombre, de la física de nuestro universo; pues los acontecimientos humanos sólo pueden tener sentido desde un punto de vista mecanicista del mundo donde la mente —con todo su potencial, toda su inteligencia y sus sentimientos— es sólo una parte casi inapreciable —aunque una consecuencia inevitable y no despreciable— de la ecuación, y a la que nada adicional se le debe.
Ésto último es la causa de todo el sufrimento humano, y de esa estupidez infinita nuestra, pues no nos mueve ni la razón ni el corazón, sino las leyes de la física, y aquéllas son sólo un efecto colateral, una manifestación marginal de la tercera. Ya lo decía Leibniz —a veces malinterpretado— : vivimos en el mejor mundo de los posibles. Quizá no desde nuestra perspectiva, pero tal vez es el único donde todo es coherente, y cualquier otra combinación parece que debería llevarnos a «la nada».
Por último señalar que, a la hora de exponer este tipo de ideas, debo hacer algunas concesiones a la precisión, y a la lógica, para que el texto sea abordable, pues en otro caso acabaríamos naufragando en un razonamiento recursivo y sin caso base a la vista.
Imagen: Palm Springs 1960, Robert Doisneau.