... con la literatura.
No soy muy amigo de leer libros. Desconozco la sensación de cerrar unas tapas y pensar «en algún lugar al otro lado del mundo —tal vez en otro idioma— hay alguien que me entiende de verdad». Me basta pasar un par de páginas para pensar que estoy ante una montaña de gilipolleces devoradora de tiempo. Aunque como tantas otras veces esté equivocado o sea impreciso, lo que creo que en parte sucede es: las personas no escriben con el corazón, o lo hacen de un modo poco atractivo. La profundidad no tiene por qué estar reñida con la claridad o el entretenimiento. Al igual que con las conversaciones es difícil encontrar textos sinceros o que realmente te aporten algo más allás de pasar el rato. Independientemente del campo que traten. Por favor, ¡quiero construir cosas, crecer! no voy a regalar mi maravilloso tiempo por las buenas, me aburro y conozco miles de formas de aburrirme sin dejarme la vista.
Aquí traigo tres que a priori son extremadamente interesantes, aunque tengo más esperanzas puestas en el segundo —si no me mina la moral—. No parecen títulos fáciles, pero eso los hace especiales, atractivos. Existe la —no tan remota— posibilidad de que el primero y/o el tercero desborden mis conocimientos —esto lo suple Google— y mi capacidad interpretativa —ante ésto sólo podría volver a nacer, y hacerlo mejor y mucho más listo—, pero, aquí, se aprende a ostias.
1. Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle, de Douglas Hofstadter, lleva acumulando polvo en mi mesita desde hace un par de meses, toda una falta de respeto ante lo que parece una obra notable:
« Hofstadter lamenta que su libro haya sido malinterpretado como una mezcolanza de cosas ingeniosas sin un tema central. Indicó: "GEB es una tentativa muy personal de decir cómo es que los seres animados pueden salir de la materia inanimada. ¿Qué es un "uno mismo", y cómo puede un "uno mismo" salir de cosas tan faltas de ser como una piedra o un charco?"»
2. El viaje de un nihilista, de Julio Baquero Cruz:
«Novela, libro de viaje, diario, ensayo, confesión… En El viaje de un nihilista, Julio Baquero Cruz se mueve entre los diversos géneros y nos habla con una voz clara y sencilla. Para olvidar un gran amor perdido, el narrador y protagonista inicia un viaje melancólico por el centro y el este de Europa, bordeando el Danubio, camino de Estambul. Pero cada ciudad que visita y cada personaje con que se cruza sólo subraya la ausencia del amor y el absurdo de su vida. "El viaje no servía para nada. No era más que un círculo trazado en el vacío", nos dice en un pasaje de esta travesía interior en busca de coordenadas para existir.»
3. Una mirada a cámara : teorías de la fotografía, de Charles Baudelaire a Roland Barthes:
«[...] este ensayo surgió como un intento de elevar la fotografía al puesto que se merece en el pensamiento actual "con la esperanza de asegurar una presencia a una herramienta que, antes que servir a la reproducción mecánica y caprichosa del mundo,
responde a una necesidad fundamental y a una obsesión tan primitiva como eterna en el ser humano: la prolongación de su presencia, más allá de la muerte"».
Respecto a esto último quiero añadir que la fotografía —por mucho que la aprecie— no está a la altura de la palabra a la hora de cubrir este objetivo (para algunos esto será una barbaridad, para otros será una verdad evidente). No concibo nada superior al volcado masivo de los pensamientos sobre el papel —o el soporte que sea— de un modo finamente estructurado (idealmente...), como un libro permite. Es ciertamente posible condensar una historia, un sentimiento, en una imagen. ¡Parte de ti puede sobrevivir en un trozo de papel, en una pantalla! Pero con la imagen, exclusivamente, es claramente difícil el conseguirlo, pues al observador se le presupone aún más formación o sensibilidad de la que sería necesaria para transmitir un mensaje equivalente a través de la palabra escrita, en cuanto a despertar las mismas emociones, sin corromperse significativamente. Hace falta cierta educación para leer una imagen, ir mas allá de la fugaz exploración aleatoria —más bien: no en el orden y no con el peso exacto que el autor desearía para cada idea— de sus componentes. Con la literatura, el mensaje se recibe de forma adecuadamente ordenada según los deseos de su creador y pueden dejarse muchas notas a pie de página y adjuntarse extensas aclaraciones a la obra. Si así se desea, al final, el lector poco o nada tiene que saber de antemano para poder desenvolverse con soltura, sólo se necesita tiempo para abarcar la obra pero desde luego no la intercesión de su creador. Con ésto ya tenemos algo muy importante ganado —otro tema es que, aún en el mejor de los casos (la palabra escrita) el receptor priorice inconscientemente o de forma poco afortunada una porción del contenido; éso, aunque es función del canal de comunicación, siempre estará fuera de control hasta cierto punto, y hay que vivir con ello—. Aquí el observador tiene que poner también mucho de su parte —dependiendo de la profundidad de la obra— y lo que se lleve dependerá también de lo que él traiga consigo, pero esto es una variable de mucho mayor peso en la fotografía que en la literatura, a mi parecer, en parte debido a que la compresión de la información en una imagen hace que su valor intrínseco disminuya respecto al texto. Hay que situarla en un contexto porque, en otro caso, más que transmitir ideas o sentimientos (al menos en la fotografía puramente artística) lo que hacemos es revelar al espectador los suyos propios. Es difícil porque la fotografía se fundamenta en la exclusión de elementos superfluos del escenario, y la literatura en la creación de un mundo partiendo de cero.
Y podría decirse que, a mayor grado de abstracción (claramente !=compresión, ojo, no nos perdamos), mayor integridad del mensaje, mayor esfuerzo por parte del lector y mayor extensión de la obra: llevándolo al extremo para ejemplificarlo, si quisiéramos transmitir mediante las formalizaciones matemáticas habituales lo mismo que mediante una fotografía o un poema, sería intratable para el espectador.
La memoria no guarda vídeos, pero tampoco fotografías —al menos, no en mi caso—. Salva de... ¿la nada? —divagaciones filosóficas aparte—, del olvido, escenarios en forma de sentimientos, acompañados de un pequeño esbozo de lo que fue, del sentimiento de las formas, como fantasmas, pero no de su visión verdadera. Y ahí reside precisamente el valor de la técnica fotográfica. Permite revivir esos escenarios, despertar ideas almacenadas en los lugares más profundos de nuestra mente, que se enlazan y superponen, como capas de información y de emociones de otro modo relegadas a la desintegración, a la imagen que sirve de soporte a todo ésto.
Lo mismo pero muy resumido: las letras guían, las imágenes dicen: «ésto es lo que hay, saquen sus propias conclusiones».
¿Que lleva a alguien a hacer una foto de cierto motivo en determinada forma? ¿qué me lleva a mi a elegir estas imágenes para acompañar los artículos, y no otras? ¿no hay acaso una necesidad de externalizar sentimientos que sólo el autor conoce? La imagen es el camino más fácil y menos costoso —o doloroso— para conseguirlo, y en éste sentido sirve más al creador que a su público. No se trata tanto de sobrevivir a través de la obra —por favor, si estas pensando en los autoretratos es que no me has entendido nada— como de escoger un camino para expresarnos, abrazarlo y ser felices aquí y ahora explorando nuestras capacidades creativas.
La fotografía es de mucha más fácil exhibición, pero no tengo claro que el resultado de ello sea un verdadero éxito si lo que se desea es transmitir un mensaje, ir más allá del espectáculo o de la estética. Las herramientas están ahí y yo ya he dejado con anterioridad mis impresiones acerca del arte de componer historias cámara en mano.
Para finalizar: sólo supuse que, tal vez, alguno de mis lectores se interesaría también por estas obras tras repasar este post, aunque sean bastante populares. No descarto nuevas incorporaciones a esta lista, mas el tiempo disponible para estos menesteres es breve —tengo tantos proyectos que ya no sé dónde encajar cada cosa...—, y, como bien decía Schopenhauer: «sería bueno comprar libros, si se pudiera comprar a la vez el tiempo para leerlos; pero casi siempre se confunde la compra de los libros con la apropiación de su contenido».