Todo discurso o estructura argumentativa sólo es posible desde el momento en que se acepta dotar a las palabras de cierta vacuidad en su significado, de prescindir de la precisión en el lenguaje. Pues sólo desde la subjetividad, del rechazo parcial de la realidad externa —sea por interés o por inaccesibilidad; de forma consciente o inconsciente— es posible desear comunicar una opinión.
Y, tal vez, si dispusiéramos de toda la información acerca de el qué, el por qué y el cómo, veríamos fútil todo acto comunicativo, porque la contemplación de la totalidad nos llevaría, quizá, a la tolerancia más absoluta. O, en el peor de los casos, al ostracismo, al exilio; voluntario. Y la finalidad de todo acto comunicativo humano es, al final, la persuasión —aunque preferiría pensar por un momento que, con nuestros amigos, al menos, las intenciones no son reducibles a eso—. Además, a un nivel más fundamental se necesita cierta asimetría en la información o en la capacidad para procesarla para que tenga lugar una comunicación.
La ignorancia o la falta de información —una asimetría, un desequilibrio energético—, al igual que la estupidez —hablando claramente—, es una fuente inagotable de entretenimiento. En cierto sentido, las ubicuas limitaciones humanas a nivel del individuo dejan de serlo para convertirse en la característica que permite la existencia de un tejido social. Lo que otorga al individuo un poder inmenso —y la puerta a la felicidad gracias al reconocimiento de la existencia de los demás— que, sin otro tipo de control más que el que el que esa supraestructura puede ejercer sobre sí misma, puede volverse contra las personas que la forman.
Ahora que vivimos en la cultura del ruido, de la información basura que sólo sirve para tenerte enganchado a un sistema de acción-recompensa cuna de vanidades, me pregunto qué sitio queda al pensamiento.
No hablo del estudio, el tedio, el aburrimiento o la soledad, tantas veces sinónimos; hablo del accesorio que más caracteriza a la persona además de lo principal, que son sus pasiones.
Me refiero, en un alarde estilístico, a la razón que dota al concepto de individuo de consistencia; cómo reconocerla, si su existencia como ideal —muchas veces por desgracia— es útil —esto es, si nos hace felices a nosotros y a los demás—, o si lo más deseable e inteligente hubiera sido, si se nos hubiera dado a elegir, desterrarla cuanto antes de nuestras vidas.
Imagen: 226, © Mario Pućić.